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Coronavirus

Una enfermera de UCI: “Nunca pensé que sería soldado en una guerra”

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Una enfermera de UCI: “Nunca pensé que sería soldado en una guerra”

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Una enfermera del Hospital Virgen del Rocío se convierte en testigo directo de esta batalla contra la pandemia del coronavirus que azota a la sociedad, al igual que el resto de sus compañeros. Ella está en la UCI realizando un trabajo tan especializado para el que la experiencia se ha convertido, más que nunca, en un apreciado valor. Estos profesionales cuidan de aquellas personas que están más graves pero, a la vez, son los más cuidados porque sin ellos la situación empeoraría por momentos. En sus manos está la única posibilidad de vida de muchos de los contagiados.

Esta enfermera cuenta la experiencia sabiendo que no hay aún fecha para volver a abrazar a sus hijos y marido. Es un testimonio en primera persona que muestra por lo que están pasando los sanitarios.

Prepararse para lo desconocido

“Llego al hospital tras una noche en la que he dormido mal y poco. Sobre la mesita de noche he dejado mi alianza, nunca antes me la había quitado, y así, con la cara lavada y las manos desnudas, me preparo para lo desconocido. 

En la puerta del centro los compañeros nos esperamos para entrar juntos, porque para algunos es su primer día en el llamado Grupo Covid, sabemos que llegan nerviosos y con miedo. En las taquillas sólo se oye silencio y en el ambiente hay un halo de tristeza continuo. Hacemos el recorrido que nos han marcado dentro del hospital hasta llegar a la puerta de la UCI. Tengo claro que es aquí donde debe quedarse el miedo y la familia, es aquí, un momento antes de entrar, donde escucho el último mensaje de mi madre pidiéndome que tenga cuidado.

En ese momento, todo cambia. Saludo a mis pacientes que están despiertos y doy gracias porque siguen así, aguantando. Durante las 12 horas siguientes seremos su familia. Empieza la vorágine del trabajo, miro a mi alrededor y me da tranquilidad ver que estoy compartiendo estos momentos con los mejores compañeros del mundo, con ellos libro esta batalla y con ellos iría al infierno. Nos cuidamos y nos vigilamos”. 

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Una vez retirados los Epis, así quedan los profesionales sanitarios, doloridos y magullados.

“Están muy solos, tienen miedo”

“Cuando supe que iba a entrar a la unidad donde estaban los pacientes Covid-19, me pregunté por qué yo. Ahora sé que no podía ser de otra manera. Mis compañeros y yo llevamos años en esta UCI, reconocemos los sonidos, los respiradores, las bombas, sólo que ahora es mucho más difícil porque tenemos que hacerlo a través de los equipos de protección individual, los Epis.

Cuando llevas un rato con ellos puestos, sientes una intensa presión en la cabeza, el sudor y el vaho, por momentos, obliga a hacer todo a ciegas. En ese momento es cuando comprendemos por qué tiene que ser este equipo el que esté aquí, somos los más experimentados, hemos hecho tantas veces estas actuaciones asistenciales que podemos hacerlo solo con el tacto.

En los ratitos libres hablamos con nuestros pacientes y los acompañamos, porque están muy solos, tienen miedo. Por eso tenemos que estar fuerte y alegres, y les contamos mil cosas para que sonrían. Algunas veces vemos a uno de los nuestros salir llorando -creo que lo hemos hecho todos- pero al rato vuelve sonriendo, aunque sea tras la mascarilla.  

Nos vigilamos para quitarnos los equipos

Seguimos, tenemos que seguir, queda mucho por hacer, no hay horarios y todos vamos a uno, fuera del box otro te vigila, no hay margen de equivocación. Más tarde seré quien vigile a los que salen, de la misma forma. Porque cuando llega la hora de retirarse minuciosamente el equipo de protección, hay que evitar no tocar nada para que no se contamine.

Incluso, para que los pacientes que están despiertos se entretenga, les pedimos que nos miren retirarnos los equipos, antes le hemos explicado cómo hacerlo con seguridad. Ellos también nos vigilan, les sirve de entretenimiento y a nosotros de ayuda, cuantos más ojos pendientes en estos precisos momentos, mejor. Nuestro bienestar y, de paso, el suyo, depende de ello.

Y es hora de volver. Llega el momento de despedirse de los pacientes que siguen despiertos. Nos dan mil veces las gracias y nos tiran besos, cuando vamos saliendo, el último pensamiento es para ellos, sólo pensamos en volverlos a ver, si cabe mejor, en el próximo turno, algo que nunca es seguro. Salimos con la sensación de que si hoy se han sentido menos solos, ya ha merecido la pena”. 

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Los brazos de los guantes y la seguridad del mono, también se ven afectados.

Se seca hasta el alma

“El siguiente paso es pasar por la ducha con un antiséptico jabonoso que nos seca el pelo, la piel y hasta el alma. De camino a la taquilla me duele la cara, las orejas, las muñecas, tengo señales en la frente, en la nariz, y me cae todo el cansancio que con la adrenalina ni había notado.

Voy cambiando camino hacia el coche. Hoy he salido temprano y todavía se oyen aplausos en los balcones, desde ellos llegan palabras de aliento, todos nos miran. En ese momento empiezo a llorar, a veces lloro todo el camino a casa y sé que mis compañeros y compañeras también porque en casa no queremos hacerlo. Bastante preocupados están ya. 

Ya estoy en casa y vuelvo a meterme en mi ducha, mi espacio al que reconozco y veo con más aprecio que nunca. La ropa va directa a la lavadora, a 60 grados. Con las pocas fuerzas que me quedan, limpio todo lo que he tocado con lejía y ya entro en otros espacios de la casa”.

Sentimiento de culpabilidad

“Me asalta con fuerza la necesidad de abrazar a mis hijos, es lo único que quiero hacer pero no lo haré. Ni puedo ni debo porque en esta casa se vive una cuarenta continua.

Mis hijos tienen más de 15 años y podrían pasar la enfermedad incluso de forma grave, los saludo desde lejos y, esos dos metros se convierten en la distancia más larga y dura del mundo, los que más duelen, porque mis hijos lo están haciendo bien, sin quejarse. No se mueven de casa y sólo pensar que sea su madre la que les traiga la enfermedad se convierte en un sentimiento de culpabilidad que no me abandona.

Mi marido me acompaña y me cuenta cómo ha ido el día. Miro el móvil y tengo mensajes de amigos que me reconfortan y me hacen reír, y pienso en cuándo volveremos a vernos. Se acaba un día intenso con dolor físico, tengo la cara hinchada. Pero es mucho peor el dolor del alma y, aún así, mañana volveré, y mi tristeza y miedo se quedarán otra vez en la puerta de la UCI. En los descansos, los compañeros y compañeras nos llamamos, nos desahogamos, intentando seguir fuertes, todos juntos porque ahora hay que dar la cara, no hay excusas.

Y recuerdo especialmente lo que me decía mi padre cuando decidí ser enfermera: “será una profesión dura”, y me preguntaba entonces si estaba segura.  Ahora, cuando lo echo de menos más que nunca, sabiendo lo que sé y estando donde estoy, sigo pensando que sí, que estoy segura, que una y mil veces volvería a ser enfermera. Pero lo que nunca pensé es que cuando hubiera una guerra yo iba ser un soldado”.

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A veces tienen en trabajar a ciegas, porque del calor corporal, las gafas se llenan de vaho.

 

Un país en sus manos

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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