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Sevilla

Me comentaba no hace mucho un amigo, el canelo, de la separación de poderes en nuestro país. Y se quejaba del servilismo del Poder Judicial, sobre todo de las altas esferas judiciales, con  el Gobierno. No es nuevo el tema. Cuando los máximos órganos judiciales son elegidos con intervención del poder legislativo y del poder ejecutivo, la independencia de esos órganos se pone en cuarentena, o al menos se puede poner, lo contrario sería pecar de ingénuos. No es que a los jueces electos se les suponga afiliación política, que en algunos casos se ha dado, sino que la amistad y las buenas relaciones desembocan en simpatía y acercamiento. Y es humano; no es reprochable la amistad y el calor humano por muy juez que se sea, también los jueces son personas y tienen sus virtudes y defectos. Pero no nos engañemos, esta corriente de simpatía jueces-clase política se viene sucediendo, de forma más o menos evidente, desde el mismo nacimiento de la separación de poderes obligada por nuestra Constitución. Lo malo es cuando no sólo no se disimula y se intenta evitar la influencia o cercanía ideológica, sino que las actuaciones son tan evidentes que se nota demasiado. Y encima hasta parece que en ocasiones, hay vanagloria de ser amigo “de”.

En muchos casos las actuaciones públicas de algunos tribunales han otorgado un trato deferente a personajes públicos concediéndoles una relevancia que no les corresponde en los estrados, donde se supone que todos somos ciudadanos iguales en derechos y obligaciones. Tenemos muy fresca en la memoria no sólo la silla o sillón de privilegio que se puso a un alto político para su declaración, sino el rapapolvo que se llevó un abogado que, ejerciendo su derecho, se atrevió a “incordiar” con preguntas fuera de lugar.

Así pues, no es de extrañar la propagación de corruptelas, más o menos descaradas y por desgracia en casi todas las formaciones políticas, y también la impunidad de que gozan en la mayoría de los casos los supuestos corruptos. La corrupción puede adoptar múltiples formas, vestirse con múltiples trajes, ser desempeñada por personas de género masculino o femenino, más o menos sutiles en las formas, con más o menos descaro en los corruptos… y curiosamente, los corruptos suelen contar con el respaldo de sus ”jefes”, tal vez por aquello de la permeabilidad.

Por eso, no nos causa asombro, aunque sí vergüenza como ciudadanos, que los que debieran ser los primeros defensores de la limpieza y del respeto a la ley y a la ética, cuando son pillados in fraganti, por desgracia para el sistema democrático con frecuencia, el “pillado” o “pillada” sale con acusaciones a los adversarios, mucho más graves que las que pesan sobre él o ella. Es lo que en política se conoce como “poner el ventilador”, una de las prácticas más repugnantes que tenemos que soportar los ciudadanos que, básicamente, consiste en acusar a los demás de hacer lo mismo que hacen ellos, es decir, transgredir normas y principios morales: un reparto de la basura para que todo el mundo apeste:  el “y tu más” toma forma maloliente y cuasi demoníaca.

El refinamiento de los últimos acontecimientos acusando a los demás de complot mediático, es una muestra magistral de la capacidad para aumentar la ratio negativa de la poca vergüenza. Si alguien ha denunciado ilegalidades es porque se han cometido y además, ha cumplido con su obligación de buen y honesto ciudadano. Que lo haga con fines políticos es otra cuestión que, en todo caso, se podría haber evitado si el comportamiento denunciado hubiera sido honesto y no vergonzante. Las prácticas irrespetuosas con la ley y con el honor de las instituciones, cada vez nos hace a los ciudadanos más escépticos sobre la honestidad de las personas que elegimos y, en consecuencia, consiguen el aumento de los abstencionistas.

Esta ola de corrupción, el plegarse a la voluntad política y la no separación de poderes, nos está convirtiendo en el hazme reír de de toda Europa. Somos la nueva especie de juglares, en su vertiente de payasos o bufones de nuevo cuño, que acaparamos las risotadasas y las burlas de nuestros vecinos. El ridículo internacional continuado es algo que marca a nuestro país como un estigma del que tardaremos mucho tiempo en desprendernos.   

En cualquier caso, no se puede esperar otra cosa cuando se modifica nada menos que  la Constitución, para garantizar el pago de deudas privadas de los bancos, y no movemos un dedo para evitar que se pisoteen nuestros derechos. Si los bancos hacen un mal negocio, que pierdan su dinero. Cuando un ciudadano pone una tienda de chucherías tiene que pagar autónomo, módulos de hacienda, IVA, impuestos variados municipales, luz, agua, teléfono… y si el kiosko es una ruina, ¡ése es su problema! ¿Por qué no asume el fracaso el Gobierno?

Dicho en tono vulgar, y pedimos disculpas: estamos ante un país de chichinabo, lo que antes se conocía como república bananera. En palabras del prestigioso novelista Eduardo Mendoza: “Mas valdría dejar los símbolos donde están y atacar lo que significan, si aún  significan algo. Pero aún mas importante es despertar del sueño heredado del franquismo, y eso, es un ejercicio que en muchos sectores todavía no se ha empezado a hacer”. (Qué está pasando en Cataluña, Eduardo Mendoza, pag. 72. Seix Barral.)

José Campanario

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