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José Campanario

Que hay periodismo basura es una afirmación tan evidente que merece el rango de axioma matemático con ascendencia pitagórica. Es más, nadie hoy se atreve a decir que no existan programas de TV amarillentos, en muchos casos con matices amarillo limón, que rompen los esquemas de la vergüenza y de la más elemental educación. Sencillamente, vende mucho (mejor podríamos decir que alcanza cuotas de pantalla espectaculares, lo que nos indica el nivel cultural del país) cuando aparecen dos marujonas, poco menos que tartamudeando un español barrio bajero y soez, haciendo gala de una educación identificada con los números negativos (-155 por ejemplo). O que tampoco dudemos que haya periodistas basura, de los que se desenvuelven a las mil maravillas entre los estercoleros de la (des)información y arrastrando su trasero por las alfombras de los centros oficiales. No, amigo lector no mencionaremos a ese que usted piensa y al que nadie conocía hasta hace dos días, el Antoni Baños, sobre todo por no darle cuartelillo y una fama que no merece. Es más, no vamos a poner el nombre de nadie, que luego cae en manos de un diablillo y tenemos problemas en forma de querellas.

Causan sonrojo programitas donde lo más meritorio es la larga lista de cuernos que puedan llegar a ostentar determinados/as personajes o personajas (al estilo podemita), debates tele dirigidos a distancia desde poderosos sillones, entrevistas que causan vergüenza en las que el entrevistado conoce el cuestionario un mes antes, comparecencias donde se decide por el compareciente quién es el afortunado al que se premia con la oportunidad de preguntar, y salir en la tele en sus 30 segundos de gloria, al político convertido en semidiós por obra y gracia de nadie sabe qué o quiénes, y toda la casuística que se pueda ocurrir. Estamos en un país, donde aquello de igualdad, mérito y capacidad está grabado con letras de molde, sin más valor, en uno de los libros más inútiles de nuestra historia: la Constitución. Y es que a la tal Constitución se la saltan a piola todos los que debieran ser los primeros en respetarla. Algún día abundaremos en el tema sobre los incumplimientos constitucionales de la clase dirigente, la clase política.

Es insultante comprobar cómo personas cuyo deber es informar (nos referimos a los que ejercen la profesión de periodista), tienen la desvergüenza de poner su pluma sumisa al servicio del poder, pisoteando algo tan consustancial a la propia esencia del periodismo como puedan ser la independencia y la imparcialidad. Aquellos míticos periodistas que tuvieron la osadía de abrir el sendero de la libertad de expresión y que chocaron en muchas ocasiones con “el poder” (el real, no el político) por su empeño en investigar, en buscar la verdad y en contarla (¡encima!), para que se enterara la ciudadanía, han pasado a la historia, al paraíso de los justos donde no son molestados pero tampoco molestan. Hoy se lleva el tertuliano que defiende lo indefendible y que, por sus mediocres cualidades, no puede aspirar más que a recibir el jornal en un despacho mediano de un periódico que no lee nadie, que se mantiene gracias a las subvenciones y a regalar cachivaches variados a cambio de que lo compren al menos una vez a la semana.

La mítica libertad de expresión, como consecuencia de la libertad inherente a la condición de ciudadanos, quedó en la prehistoria de la transición, esa de la que todos hablan y de la que la mayoría no tiene ni pajolera idea. ¿O es que habremos perdido la condición de ciudadanos?

José Campanario

Nota: Por supuesto que damos por sentado que la generalidad de los profesionales de la información no se sentirá aludidos por ser, sin lugar a dudas, personas honradas, grandes profesionales y amantes de la verdad.

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