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Coronavirus

Mi vida en positivo (Capítulo 7 – Ecuador) – Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID

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AionSur regreso-futuro-4-1100x440-1 Mi vida en positivo (Capítulo 7 - Ecuador) - Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID Coronavirus destacado

En las condiciones normales de un confinamiento por COVID, hoy sería el día que marcaría la mitad de la cuarentena preventiva. Quizás ha llegado el momento de hacer balance, y como se trata de sobrevivir, hay que tomar nota de todo lo que hay en las cuatro paredes para salir adelante.

La nevera sigue bastante decente. A la compra que me trajeron el primer día se ha unido una segunda que dos ángeles me dejaron en mi puerta ayer. Los que somos de pedir poco y agradecer mucho no vivimos a gusto cuando recibimos ayuda de gente que sabemos que le cuesta trabajo moverse, que está muy lejos o que su economía no es muy boyante, pero ayer volví a abrir mi puerta y ahí estaban varias bolsas de comida preparada, fruta, verdura, café, y una carne con tomate que rompió mi dinámica de cenar poco, porque el plato desapareció casi a las once de la noche acompañado de una barra de pan kilométrica y zumo de cebada bien frío.

El poco ruido de la gente buena

En muchas ocasiones repito que la gente buena es mucho más abundante que la mala, aunque el ruido que hace la mala es mucho mayor. La gente buena no para de echarme una mano en estos días, y yo solo soy uno más, que está pasando la COVID en una casa entera para él, con un gran patio, aire acondicionado, wifi y 2.000 canales de televisión. Siete días sin síntomas graves, con el olfato y el gusto recuperados completamente no son para quejarse, tenemos que relativizar el daño sufrido, y pensar que hay gente muriendo en hospitales y yo estaré pisando la calle en dos semanas.

En el balance del ecuador del encierro toca hacer la colada. En verano no se suelta mucha ropa, pero sin salir de casa mantengo la costumbre de dos duchas diarias, de modo que hay ropa de color suficiente acumulada para poner una lavadora, que el sol de la tarde seca rápidamente.

Todo eso en mitad de largas jornadas de trabajo, porque el destino ha querido que en estos días no pare la actividad, al contrario. Es como si el que manda desde arriba me estuviese moviendo las manos compulsivamente en el teclado del ordenador para que no piense en otra cosa.

El olor del pan

En esos pensamientos mañaneros, llega el panadero a la calle. Aquí sigue llegando un panadero de los de toda la vida, con una furgoneta más veterana que el chico que la conduce, con ese olor a pan dentro que se te mete en las entrañas y ya no te deja sin ese aroma todo el día. Me deja el pan en la reja de la casa y anota lo que le debo en una libreta para liquidarle en dos semanas. De esa forma no hay contacto alguno entre los dos, y yo tengo pan y el comercio local se sigue moviendo. Esos pequeños gestos son los que tienen que ayudar a salvar esta crisis.

Para bien o para mal, la noche tarda en llegar, y mi lamparita en el salón me da el relax necesario para proponerme ver la trilogía de Regreso al Futuro. Calculo mentalmente que la tercera acabará en torno a las cuatro de la madrugada, pero cuando me despierto en el sofá sobre las tres, recuerdo haber visto poco más del inicio de la segunda. Marty McFly ha sido más fuerte que yo, y además tiene un coche que viaja al futuro, pero yo tengo amigos que llenan sus coches con bolsas de comida y me las traen a cambio solo de mirarme a los ojos sobre la mascarilla y ver que estoy bien. Lo siento, McFly, pero en eso te gano.

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