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Mi vida en positivo (Capítulo 14 – Protocolo) – Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID

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AionSur covid-19-4908692_1920 Mi vida en positivo (Capítulo 14 - Protocolo) - Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID Coronavirus

Ha llegado el que debería ser el último día de mi cuarentena por COVID, pero por suerte o por desgracia no tiene pinta de que sea el último en el que tenga relación con este bicho, que nos tiene a todos la vida revolucionada desde que hiciera acto de aparición en el que ya parece lejano pasado invierno.

Comienzo el día llamando a mi médica de cabecera. En mi defensa de las batas blancas, que mantengo sin matices, he de decir que he tenido suerte a la hora de contactar con mi doctora siempre que lo he necesitado. No he tenido que esperar a llamar varias veces, a escuchar música de forma repetida o a desesperarme con el móvil en la mano. Ha hecho falta solo llamar una vez y enseguida la voz al otro lado me ha informado de que me llamarán durante la mañana.

No ha pasado más de media hora, cuando mi teléfono tiene en pantalla la frase “Número desconocido”. No sé si es lo mejor que debe hacer alguien para contactar con alguien, porque coger un número que se no se conoce no es costumbre de muchas personas, y seguramente muchos médicos se estarán encontrando con que sus pacientes no les cogen el teléfono cuando lo requieren, pero en mi costumbre de descolgar siempre, esta vez también lo hago, y al otro lado está la voz de mi doctora. Es una mujer tranquila, de las que te explica las cosas varias veces, de esos médicos que cuando tienen 20 personas en la puerta de la consulta no les importa hablar con su paciente hasta tener claro que el tratamiento lo tiene bien asumido y la visita es eficaz.

Estadística y ciencia

Tranquilamente, para que lo entienda, me explica que el protocolo marca que me vaya a la calle con normalidad. Pero le digo que no lo entiendo. Es decir, se supone que después de dos semanas sin síntomas el bicho ya se habrá ido, pero es una teoría estadística, no algo matemático, como ella me dice. En base a lo que me explica, le digo que voy a mantener la cuarentena hasta tener una PCR que me dé negativo, y me cito virtualmente con ella cuando tenga el resultado.

Cuelgo y llamo a Pastori, mi analista que me hizo la primera PCR el 26 de agosto. Me dice que ella cree que el protocolo es seguro, pero que me puede hacer la prueba. De pago, obviamente, me cito con ella al día siguiente para meterme el bastoncillo de algodón en la nariz. Solo han pasado dos semanas desde la última PCR y ahora la ciencia permite no solo saber si una persona es positivo o negativo, sino conocer el grado de contagio que tiene tener si el resultado marca que el bicho sigue en su cuerpo.

A las 24 horas del test, recibo el mail correspondiente de Pastori. “Positivo con carga viral baja”. Esto es equivalente a negativo, me dice, de modo que me explica que si quiero salir a la calle y que mi familia vuelva a casa, que lo haga. Pero cuando te pasas la vida escuchando opiniones y las contrastas, te creas en ti mismo un sexto sentido que te lleva a consultar varias veces lo mismo con varias personas, de modo que tiro de los médicos de mi agenda y tras cuatro llamadas tengo cuatro opiniones distintas: no hay acuerdo médico sobre si debo romper o no la cuarentena. Así que tiro de la decisión final: la de mi médica.

La prueba de sangre

Cuando la llamo, me dice que un positivo tras dos semanas sin síntomas no es habitual pero se han dado casos. Me pide que espere un poco, que va a hacer gestiones. Dos horas después, me llama: “Mañana, vente a las 9:45, que te van a hacer una prueba de sangre”.

Así que a la hora acordada, mi dedo es pinchado por una enfermera vestida de astronauta, que lleva desde marzo arriesgándose a enfermar para que gente como yo esté protegida. Pasan 15 minutos y la enfermera me pide que me acerque a la ventanilla por la que me ha atendido, mientras una veintena de personas esperan para hacerse una PCR. “Tienes el anticuerpo que todo el mundo quisiera. Puedes salir libremente, y si puedes dona plasma”.

Cuando llamo a Adoración Guerra, la técnica de comunicación del Centro Regional de Transfusión Sanguínea en Sevilla, sonríe. Bueno, se ríe. Lleva varios años intentando convencerme de que done sangre, pero mi miedo innato a las agujas me ha impedido hacerlo desde siempre. Ahora, sin quererlo, se ha salido con la suya. Y se ríe, vaya si se ríe.

Hiperinmunidad

Había escuchado antes que el 5 % de la población sale de la COVID con inmunidad. Pero no había leído nada sobre la hiperinmunidad. Al final, es lo que mi sangre tiene contra la COVID. Mi anticuerpo IgG es como un soldado armado hasta los dientes contra el bicho. Y no queda en eso. La mejor noticia es que puedo compartirlo con gente que no tiene capacidad por sí misma para echar al coronavirus de su cuerpo.

A veces, la curiosidad, la testarudez y la complicidad de los que saben se unen para que pasen cosas maravillosas. Las dos semanas de encierro han valido la pena. Ahora, la vida sigue igual, pero puedo ayudar a dar vida, y eso, sin esperarlo, es lo mejor que este convulso 2020 ha dejado en mis venas.

Periodista corresponsal de la Agencia EFE, diario.es, entre otros medios. Cubre principalmente Huelva y Sevilla en varios medios radiofónicos y prensa digital.

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