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Mi vida en positivo (Capítulo 13 – Rastreadores) – Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID

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AionSur secretary-544180_1920 Mi vida en positivo (Capítulo 13 - Rastreadores) - Crónica de 14 días de vida confinada de un positivo de COVID Coronavirus destacado

Con todo el jaleo de hablar de comida, bebida, termómetros o café, no os he hablado de una buena parte de la raíz del asunto que nuestros políticos defienden como el auténtico adalid de la solución del problema de la COVID. Son esas personas que nombran a la hora de localizar a los contactos de los contagiados: los rastreadores.

Para empezar, tengo que desmentir una de las mentiras que ha calado en la sociedad con respecto a las pruebas PCR que se hacen en clínicas privadas. No os voy a pedir que ojeéis hacia atrás este diario, pero os recuerdo que cuando me hice la primera PCR fue por precaución, no por tener síntomas previamente. Es decir, que antes de irme a trabajar a Baeza y la Rábida el 16 de agosto, ya había previsto, por precaución, hacerme la prueba, de modo que cuando poco antes me quedé sin olfato hacerme la PCR no fue una relación causa-efecto.

El bastoncillo de algodón

Por ello, al no tener síntomas graves y tener ya apalabrado con el laboratorio realizar la prueba, me encaminé al mismo sabiendo que el Servicio Andaluz de Salud no me iba a meter el bastoncillo de algodón en la nariz. De modo que preparé 120 euros para saber si el bicho se había enamorado de mí. Y ahí estaba el jodío, sin pedir permiso ni nada por el estilo.

Lo de la mentira a la que me refería hace casi dos párrafos es a eso que se dice en relación a que no se sabe con exactitud, el número de casos de COVID que hay en España, porque las pruebas de los laboratorios privados no se contabilizan. Esa falacia se ha colado en el cerebro de algunas personas y la defienden a muerte en comentarios en redes sociales como si fuesen dueños de la verdad, pero es mentira. No había pasado ni media hora desde que Pastori, mi doctora, me informó de mi positivo cuando el SAS ya lo tenía registrado.

De hecho, muchos laboratorios privados son el destino de algunas pruebas de centros de salud públicos, de modo que cuando se estudian los palillos llenos de mocos, no se distingue entre los que han sido pagados a tocateja o descontados de la nómina mes a mes sin saberlo.

Solo tres días hacia atrás

Salvada la explicación, llega el asunto de este café matinal: los rastreadores. En mi caso, la rastreadora. La mañana en la que supe que era positivo, aparte de todas las llamadas que recibí de infinidad de sitios, una rastreadora mantuvo conmigo una larga charla de la que salió un número: el 29. Era la cifra de personas que había estado conmigo a menos de dos metros, sin mascarilla y más de 15 minutos. En realidad, eran menos, pero tuve la prudencia de abrir el circulo para localizar a más candidatos a ser objeto de taladros en su nariz. Abro paréntesis para enfatizar que no es que la PCR duela, sino que es algo que provoca una molestia que no tiene comparación con ninguna que haya sentido en mi vida. Pero, doler no duele. Bueno, sí duele. O no sé.

Bueno, pues resulta que mi rastreadora me dice algo que me descoloca: “Solo podemos buscar a las personas que han estado contigo 72 horas antes de la PCR”. ¿Perdone? Y me lo repite. El protocolo es absurdo e inútil, porque las últimas 24 horas antes de la PCR había estado solo, y los dos días anteriores mi contacto se había ceñido a mi mujer, hijo, suegros y dos alumnos de la sede de la Universidad Internacional de Andalucía en la Rábida.

Entrevista con la rastreadora

Es decir, que el Servicio Andaluz de Salud no cubría a mi familia, con la que había cenado el viernes por la noche, porque solo cubría a partir de las 8.00 de la mañana del sábado antes de la PCR. Vamos, que si desayuno con mi madre a las 8.00 de ese sábado y no consigo aparcar a la hora fijada el martes en el laboratorio y me hacen la prueba a las 8:20, tampoco cubren a mi madre. Vale, es una exageración, pero ya me entiendes.

De modo que hubo que rizar el rizo. En ese momento comenzó el diálogo con mi rastreadora. En realidad, me lo tomé como una entrevista. Era como esas entrevistas que hago a políticos en las que, poco a poco, voy viendo su punto flaco para encauzar las preguntas. Llegamos a la conclusión de que 29 pruebas era un número razonable. El argumento de la rastreadora era que “es un lío buscar cuatro o cinco días para atrás”. ¿Un lío? ¿Hay más de 40.000 muertos por un virus asesino y el protocolo depende de que no sea un lío? Pues sí, es protocolo. El protocolo es esa cursilería que dice qué tenedor hay que coger en una cena o dónde hay que colocarse para una foto. Es decir, algo inútil para la sociedad. Es lo mismo que decirle a un virus que en tres días puede hacer pupa, pero en cuatro no. Y no estamos para cursilerías.

El sistema perfecto de la UNIA

Afortunadamente, tanto la sede de la UNIA en La Rábida como en Baeza tienen su propio protocolo anti-COVID. En una hora ya estaban aislados mis contactos y algunos hasta tenían la PCR hecha. Eran esos contactos, los de Baeza, que se habían despedido de mí antes de las 72 horas del protocolo, que tuvieron la suerte de estar en un lugar donde no se entiende de protocolos, sino de seguridad.

La siguiente semana fue de llamadas, de contactos y de enchufes. Fueron siete días de tirar de amigos en hospitales en laboratorios, de reclamar PCR que se perdían, de apellidos cambiados, de centros de salud inexistentes, de carpas perdidas y de médicos desesperados, pero poco a poco, los 29 contactos fueron dando negativo. Fueron siete días en los que recordé la frase que dice: “hay que tener amigos hasta en el infierno”.

Sin síntomas, pero con pelea

Sí, mi COVID no tuvo síntomas graves, pero sí mucha pelea para intentar que la sinrazón se convierta en lógica. Está claro que esto que nos ha venido encima no hay forma de gestionarlo con acierto, y que todos nuestros políticos están sobrepasados, pero las cosas que no son lógicas no lo son, y una buena parte de esta situación tiene muy poco de lógica.

El protocolo hay que dejarlo para los bailes de sociedad. Estamos en una guerra, y las guerras no se ganan eligiendo con qué tenedor nos comemos la ensalada, sino con armas. Pero no valen metralletas que disparen solo tres días. Si no hemos entendido eso, es que todavía estamos a 13 de marzo.

Periodista corresponsal de la Agencia EFE, diario.es, entre otros medios. Cubre principalmente Huelva y Sevilla en varios medios radiofónicos y prensa digital.

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