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“Mi hermano no es un enfermo mental sino una persona profundamente mala”, dice un hermano del acusado del doble crimen de Arahal

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“Mi hermano no es un enfermo mental sino una persona profundamente mala”, dice un hermano del acusado del doble crimen de Arahal.

Dos años y medio lleva la familia del doble parricida de Arahal pasando por un infierno que a nadie desean. Este martes han visto por primera vez a su hermano, J.A.P.B., desde aquel aciago 12 de diciembre cuando, a primera hora de la tarde, conocieron la tragedia que caería sobre sus vidas para condicionarlas siempre. El acusado de esos crímenes se ha enfrentado a los ojos y declaraciones acusadoras de su familia, que busca argumentos para entender lo que sucedió ese día en el domicilio familiar y se pregunta qué pudieron hacer para evitarlo.

El acusado no ha levantado ni la cabeza ni el cuerpo en ningún momento de la declaración de sus dos hermanos (un tercero no fue llamado por considerar la acusación que no era necesario). Estuvo sentado junto al abogado defensor, sosteniéndose y, a veces tapándose, la cara con las manos.

Dónde estaba Rosa

El hermano más pequeño, el que vivía hasta cinco meses antes de lo ocurrido en el mismo domicilio familiar donde ocurrieron los hechos, calle Pedrera 24, ni siquiera lo miró cuando entró a declarar en segundo lugar a una de las salas del Palacio de Justicia de Sevilla. Llegaba para contar qué pasó ese día, desde que lo llamó el jefe de su hermana sobre las 4 de la tarde para preguntar dónde estaba Rosa. No había parado de llamarla desde que notó su ausencia a primera hora de la mañana en la ferretería en la que trabajaba.

Para este hermano e hijo de las dos víctimas, el recuerdo de lo ocurrido en unos 40 segundos, cuyas imágenes lo acompañarán siempre, está en su mente a cámara lenta. La historia ya contada en las declaraciones ante la Guardia Civil y ante la juez de Marchena, juzgado al que pertenece Arahal, empieza con la desazón de no saber por qué a las 4 de la tarde de ese día la casa de su madre estaba con cerrojos en todas las puertas y nadie contestaba a los gritos que les daba, ni su madre, ni su hermana ni su hermano. Intentó entrar con la ayuda de un vecino por la azotea y lo consiguió sin esperar nunca qué encontraría en escasos segundos.

Todo se precipitó entonces. Los gritos de desesperación de este joven no podían dar marcha atrás al tiempo ni impedir la tragedia porque ya había sucedido todo. De hecho, hacía horas que su hermana y su madre estaban muertas, una en el suelo de un frío pasillo de la planta superior, ni siquiera le había dado tiempo de quitarse el grueso abrigo; la otra en su dormitorio, semidesnuda y desangrada. Cuando en poco tiempo, el vecino que lo acompañaba fue consciente de la tragedia, que en principio creían que alguien de fuera había provocado, tomó las riendas de la situación para llamar a la Policía Local y llevarse de ese macabro escenario al hermano pequeño de la familia. “Esto ya no es cosa nuestra, vamos a pedir ayuda”, le dijo.

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“He matado a mamá y a la Mari, matadme”

Pero antes incluso de que el vecino y el hermano pequeño del parricida salieran de aquella casa, de nuevo por la azotea, al acusado le dio tiempo de declarar por primera vez -no sería la última ese día- lo ocurrido con nueve palabras: “he matado a mamá y a la Mari, matadme”.

Esta frase la repetiría después a los tres agentes de la Policía Local, los primeros en llegar al lugar del crimen -entraron por la azotea porque la puerta de la calle seguía cerrada-. Y también al agente de la Guardia Civil que llegó poco después, una vez abierta la puerta de la casa, al que le dijo que le dejara la pistola para poder matarse.

Precisamente algo que, supuestamente había intentado y así lo describió uno de los policías locales: “amenazaba con autolesionarse con la navaja pero sin dar fuerte”. Esto ocurrió cuando estaba recién localizado en la cama de uno de los dormitorios de la planta superior, bocabajo.  Con este arma se había producido algunas lesiones que no parecía revestir gravedad. Tenía una navaja en la mano y otra debajo del cuerpo. Cerca de los cuerpos de la madre y de la hermana no encontraron ningún arma.

Cómo era la vida de Rosa y Rosario

Los dos hermanos han tenido que describir cómo era hasta ese día la vida de Rosa Mari y de Rosario. “Las dos siempre le habían tenido respeto, cuando no había varón las dominaba, cuando había varón ni se le escuchaba”. O, refiriéndose a su relación con ambas mujeres, “las trataba como si fuera el amo a sus dos sirvientas. Eran objeto de su propiedad, ¡plánchame, hazme de comer!. Había convertido su vida en un infierno cuando estaba solo con ellas, cuando había un hombre en casa no era tan valiente”, dijeron.

La Policía Local adjuntó a las diligencias una denuncia que la madre del acusado había presentado en la Jefatura en el mes de julio de ese mismo año. En ella denunció que el hijo había aporreado la puerta pidiendo dinero, con violencia y amenazas. De hecho, uno de los agentes reconoció que habían ido más de una vez a casa del acusado “por conato de enfrentamiento”. Y esto siempre ocurría cuando obligaba a su hermana a entregarle el dinero que durante varios meses le había guardado.

“El iba ahorrando, el dinero se lo guardaba mi hermana, después montaba el pollo para que se lo diera, se iba y a las 48 horas volvía diciendo que no lo hacía más. Y mi hermana lo obligaba a ir al centro para desintoxicarse. Pero se iba dos semanas, lo máximo que estuvo fue un mes”. El relato llevaba al hermano a una conclusión en el que coincidieron ambos: “no es un drogadicto, se drogaba dos o tres veces al año, como el que coge una borrachera”.

Ni es drogadicto ni tiene enfermedad mental

También coincidieron en que “no tiene ninguna enfermedad mental, solo es una persona profundamente mala”. Porque “ no solo las mató, primero las hizo unas desgraciadas e infelices”. Además ese día, “estaba lúcido” y de esta manera declaró su culpabilidad de los hechos. También lo hizo un día después ante la Guardia Civil, cuando ya se encontraba en el Hospital Virgen del Rocío, donde lo habían llevado por las heridas autoinflingidas.

Los tres agentes de la Policía Local también aseguraron que el acusado estaba “lúcido”, incluso los llamó por su nombre en varias ocasiones. Y a la pregunta “¿qué ha pasado?”, la respuesta era siempre la misma: “lo que tenía que pasar, he matado a mi madre y a mi hermana”.

Y en esto insistieron porque el abogado defensor sostiene como base de su defensa la “enajenación mental transitoria por el consumo de drogas”. De hecho, antes de comenzar la jornada judicial de este martes, hicieron un inciso para que el abogado defensor comunicara a los hermanos que, si aceptaban una rebaja de condena a 14 años de prisión por víctima y el destierro de Arahal, el acusado se declaraba culpable. Propuesta que no han aceptado.

La acusación pide 23 años de prisión por cada víctima, el destierro de la localidad y una compensación económica (35.500€ y 44.750€) es lo que han pedido, los dos hermanos que han declarado se han presentado como acusación particular. Uno ni lo miró, el otro, al contrario, no dejó de hacerlo, sobre todo cuando pasó a su lado.

Rechazada la propuesta del abogado defensor

La propuesta del abogado defensor fue rechazada. Y el acusado declaró que no recordaba nada de lo que había pasado ese día. Llevaba “varios días consumiendo drogas, cocaína base y pastillas de un tratamiento para la depresión”, contó J.A.P.B.

Por el contrario, no recordaba a qué hora empezó a consumir estos estupefacientes, ni  la cantidad; tampoco si tenía heridas en el cuerpo o haber entrado en el dormitorio de su hermana ni haber cerrado las puertas por dentro. Reconoció que, después de asistir a terapia de rehabilitación, “tengo imágenes borrosas y recuerdo, voces, gritos y llantos”.

En el segundo día de juicio ha declarado también el policía de la Unidad Judicial que realizó la inspección ocular y diligencias, dos guardias civiles -uno estuvo en la vivienda y el otro le tomó declaración en el Hospital- y las dos médicos forenses. Estas últimas profesionales detallaron el tipo de heridas y causa de la muerte de ambas víctimas.

Y uno de los datos que el acusado dio a la Guardia Civil en la declaración realizada en el centro sanitario un día después de los hechos, se centra en otra afirmación que tampoco recordaba la segunda mañana de juicio. Y es que llamó a un conocido que le suministraba cocaína al menos cuatro veces. Se la llevó a la misma puerta de la casa, en Pedrera 24, a lo largo de la noche, donde al menos la hermana perdía la vida poco a poco por 96 lesiones, 21 de ellas de gravedad que le acabaron causando la muerte.

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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