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Arahal

Lutgarda, la mujer detrás de toda una estirpe de tenderos

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Lutgarda, la mujer detrás de toda una estirpe de tenderos.

Si hubiera que escribir un libro sobre la historia del comercio local en Arahal, la tienda de ultramarinos de Mariano sería un capítulo destacado. Sus orígenes se remontan a 1896, cuando el bisabuelo de Lutgarda Hernández Gallego y su hermano, José María, instaló su negocio en la calle Óleo, una tienda de ultramarinos, igual que la que después abriría el padre, primero en la calle Pedrera y, después, en la esquina de Corredera con Victoria. Con estos antecedentes familiares, nació y se crió esta mujer, su destino venía ya marcado para estar detrás de un mostrador despachando “de todo”. Han convertido la venta en motivo de añoranza porque formar parte de su clientela es recordar la historia de un barrio, de una época y del periodo más entrañable del ser humano: la infancia.

Imaginen, Arahal en 1947. Para entonces, la familia de Lutgarda, originaria de Marchena, ya llevaba varios años con negocios en este pueblo. Primero fue su bisabuelo en la calle Óleo, después su tío (Manuel) una taberna en la calle Pedrera, esquina con la antigua carretera general por donde “subían y bajaban” -como diría Washington Irving- todo el que recorría Andalucía de occidente a oriente. Lo llamaban ‘El Centinela’ porque estaba abierto las 24 horas. Y, justo al lado de la taberna, abrió su padre (Antonio) una tienda de ultramarinos.

Un rincón en la memoria de los vecinos

Ahí empezó el germen de una forma de vender única. Aquella en la que al cliente se le recomienda no gastar mucho dinero. “Mi padre, cuando alguna vecina le pedía medio kilo de azúcar, le decía, no te lleves tanto, un cuarto y ya vendrás por más”, cuenta Lutgarda. Cada vez que recuerda aquellos años, le brillan especialmente los ojos. Porque esta mujer de 70 años, ya no está detrás del mostrador, pero necesita estar cerca, aunque sea apoyada en él. 

Elegante, de carácter, con un humor socarrón, empezó con su padre en la esquina de calle Corredera con solo 13 años. La tienda de Mariano se ha ganado un rincón en la memoria de los vecinos de Arahal, sobre todo de las vecinas, por su trato amable y atención constante. Abría todos los días de la semana y más horas que nadie, y suministraba tantos artículos, que, como ella dice “era El Corte Inglés” en chico”.

Aunque es difícil de creer a estas alturas, la tienda de Mariano es la de Antonio, y en un principio fue también la de Manuel, padre y tío de Lutgarda que empezaron juntos. Como pasa en los pueblos, a veces las historias de simples que son se sostienen durante años, incluso siglos. “Mi padre tuvo dos madrinas, una quería ponerle Antonio y la otra Mariano, pero como la primera en llegar a la iglesia fue a la que le gustaba Antonio, pues se quedó con ese nombre”. Oficialmente fue así, pero la otra madrina era cabezona, insistió en llamarlo Mariano, nombre que prosperó tanto en el verbo popular, que también su hermano era Manuel el de Mariano.

 

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Lutgarda acomopañada por las mujeres que ahora llevan la tienda e intenta seguir adelante con su legado. Foto: pitagorasfotos

Santo y señas de las compras de un barrio

Es en esta tienda querida y que forma parte de los recuerdos de tantas generaciones, donde comenzó Lutgarda cuando apenas era una adolescente. Y la familia convirtió el lugar en santo y seña de las compras de Puerta Utrera, Victoria, Corredera, Pedrera, Miraflores, La Fuente, La Tahona, Las Hogueras y todas las calles del entorno, unió varios barrios en uno que coincidían a la hora de comprar en esta entrañable tienda de ultramarinos.

Era un pequeño espacio donde podías comprar la mitad del cuarto de aceite, 6 reales de café o de azúcar y dos pesetas de arroz. A granel, como se compraba antes. Y todo para la costura o ferretería, desde hilo de seis hebras hasta puntillas de 10 centímetros para los carros. “Empezó siendo la tienda de los pobres”, cuenta Lutgarda, pero al final llegaban vecinos de todo el pueblo a comprar artículos concretos, de calidad y más baratos, que tenía en esta famosa esquina y en otra que por aquella época competía en calidad y buen hacer, la Tienda de Doña Elisa o Ferretería de Revilla.

La tienda de Mariano abastecía a todos los negocios de la calle y más allá. Bolsas de chucherías para el carrillo de ‘Manolillo El Pelón” o el de ‘Joselito’ que se ponían, uno frente del otro, en la misma entrada de la calle Corredera, junto a la plaza del mismo nombre. Chicles Bazookas, bolas de anís, caramelos rellenos de fruta, discos de regalí, hacían las delicias de los más pequeños del barrio. Ir a por los “mandaos” era no sólo comprar sino pasar un rato en un lugar con encanto, donde se hablaba de lo divino y de lo humano con visos de vecindad.

La tienda de Mariano, dividida en dos desde 1997 -una regentada por José María y otra por Lutgarda- ha sobrevivido a muchos otros negocios que fueron perdiéndose con el tiempo. Sólo alrededor de esta esquina estaba la zapatería de ‘La Perita’, el zapatero ‘Niño Ordoñez’, el estanco de ‘La Rubita’, la taberna de ‘El Frenazo’, o la emblemática tasca del ‘Matero’, camarero simpático donde los haya que también se ganó estar entre los primeros puestos de la memoria colectiva.

“¿Qué talle de calzoncillos tiene mi marido?”

Lutgarda se especializó en ropa interior. Y era tanta su experiencia que las vecinas de la calle llegaban y le preguntaban “¿Lutgarda qué talla tiene mi marido de calzoncillos?” Ella respondía la talla para después bromear, “pues no que parece que me he acostado con todos los maridos de la calle”. 

Y es esta forma especial de ser, este carácter suyo que, por menos de nada, “le decía a la gente que no le pidieran nada más porque no se lo iba a traer”, cuenta su sucesora Belén Lobato, la que ahora regenta la tienda de lencería con la presencia indiscutible de su mentora. “Llegué para ayudarla unos días y me quedé 15 años”, comenta. Tanto es así que “Belén es pura Lutgarda”, dice su hermana Rosario que también ayuda ahora en este trajín del día a día que les ha dejado en herencia.

Un año se ha llevado cerrada la tienda y, después de anunciar su apertura, pensando que era un riesgo por la pérdida de clientas, aquí están, con más éxito que nunca. Y, lo mejor, han conseguido que esta mujer “reviva” porque, aunque ella ya no trabaja del mostrador para dentro, “estar aquí con nosotras le da vida”. 

Mariano y su babi

No en vano, espera con su elegancia natural a que llegue la entrevista. Y cuenta los recuerdos de años detrás de un mostrador, por etapas. A ratos se le ilumina la cara recordando como a su madre la quería todo el mundo. “Qué buena era Rosario la de Mariano”, la que trabajó 14 años en la fábrica aceitunera de La Palmera, la primera que hubo en Arahal con mayoría de mujeres en su plantilla.

Y describe volviendo de nuevo la vista atrás a su padre. “Era muy agarrado, no quería gastar dinero en nada y mi tía quiso hacerle un babi para la tienda, se enfadó cuando le tomaban medidas y llevaba una caja de botes de leche condensada que tiró entera al suelo, perdió más de lo que valía el babi”, cuenta sonriendo. Ella ha heredado su carácter, “digo las cosas como él pero después no soy nadie”.

Es con ese babi con el que lo recuerdan en Arahal. Antonio de Mariano era un trabajador incansable que dejó a su hija el carácter y el amor por vivir junto a un mostrador. 

Foto: Pitagorasfotos

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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