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José Manuel GARCÍA LLAMAS/Jesús RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ

El siglo XVIII se inició en España con la entronización de una nueva dinastía de linaje francés. Tras la muerte de Carlos I en el año 1700, el príncipe francés Felipe Anjou (Felipe V) consigue reinar después de una virulenta pugna contra Carlos de Austria, quien por entonces también reclamaba el derecho a convertirse en rey de España. Esta guerra de sucesión al trono dividió tanto a los españoles como a los países europeos, y se dio por finalizada con el Tratado de Utrecht en 1713.

Una vez reconocido rey de España a Felipe V, comienza en el país una serie de transformaciones y reformas tanto en la administración como en las instituciones del país, abriéndose un nuevo paradigma cultural y económico en toda la geografía española. De esta manera, empezó a difuminarse la niebla calimosa de una senda que nos conduciría a una nueva centuria, relegando al pasado la que fuera sociedad anterior, entonces dividida estamentalmente entre privilegiados y no privilegiados, y cuyos historiadores tras la Revolución Francesa de 1789 la definieron como «Antiguo Régimen».

El reinado de Felipe V (1700-1746) se presentó con la cesión de importantes territorios en Italia y Países Bajos acordados en el Tratado de Utrecht. Se inició en dicha época una reducción de la presencia de España en la política internacional y en la vida europea. Internamente se estableció una estructura centralizada como idea de estado. Fue así como por primera vez la nación tomaba aire profundamente, aspirando los acuerdos federales de todos los territorios del país, centralizando el poder, para soplar con fuerza ese deseado talante de reforma y de impulso cultural y económico sobre todo el estado.

Este fue el pistoletazo de salida que inició una carrera de fondo cuya meta principal fue la transformación del país. En 1713, en virtud de las mejoras realizadas en todo el espacio nacional, nace la Real Academia Española de la Lengua. Esta institución tuvo (y tiene) como finalidad la protección de la lengua, y estableció como divisa propia: «limpia, fija, y da esplendor». A lo largo de su historia y en el ejercicio de sus funciones nos ha otorgado con un diccionario de autoridades, una ortografía y una gramática, entre otros haberes. Esta institución ha contado entre sus miembros con diversas personalidades. A saber: Lapesa, Dámaso Alonso, Ignacio Bosque, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte.  

Desde el momento de creación de la Real Academia de la Lengua hasta ahora, la lengua española ha sufrido cambios lingüísticos recogidos por la RAE, unas veces con acierto y otras no tanto. En diciembre de 2010 salió a la venta una ortografía de la RAE, elaborada por 22 Academias de la Lengua Española, de la que se vendieron más de 100.000 ejemplares, según una información recogida en el periódico El Mundo el nueve de enero de 2013. Este volumen de la RAE compendiaba algunas actualizaciones lingüísticas entre las que destacaba la relacionada con la tilde diacrítica del vocablo «solo» y los demostrativos. Esta sugerencia en la norma referida al adverbio «solo« generó un cierto revuelo en el ámbito académico y sociocultural, hasta el punto que muchos escritores criticaron en sus columnas semanales esta nueva regla, como por ejemplo hicieron los ya citados académicos Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte.

Antes de seguir explicaremos en qué ha consistido la actualización del término «solo», válida también para los demostrativos. La puesta al día de la palabra «solo» por parte de la Real Academia de la Lengua se ha basado fundamentalmente en proponer a modo de consejo (y por tanto no imponiendo una regla obligatoria) la eliminación de la tilde diacrítica en el adverbio «solo» y en los pronombres demostrativos. Tras leer esto, supongo que alguno de ustedes se estará preguntando para qué sirve la tilde diacrítica. Pues bien, según una publicación de www.delcastellano.com , «su función es la de «distinguir voces homógrafas, esto es, que tienen igual grafía y distinto oficio gramatical», tal y como explica el maestro José Martínez de Sousa en Ortografía y ortotipografía del español actual (Ediciones Trea).»

Veámoslo más claro con ejemplos recogidos en la misma página virtual: «según las normas básicas de acentuación, las palabras llanas acabadas en vocal no llevan tilde: tal es el caso del adverbio «solo». Por supuesto, el castellano emplea con razonable precisión las tildes diacríticas, que sirven para diferenciar entre palabras semejantes, una de ellas normalmente átona y la otra tónica, como ocurre, por ejemplo, entre el «mi» posesivo (átono: «mi casa») y el «mí» pronombre (tónico: «dámelo a mí»). Pero para mi oído, y seguro que para el de cualquier otro, son igualmente tónicos el adverbio (lo que se pretende que sea «sólo») y el adjetivo («solo», con su correspondiente femenino «sola»).»

Y concluye: «Entonces, si el adverbio ‘solo’ y el adjetivo ‘solo’ se escriben igual y tienen distinta función gramatical, ¿por qué no está bien diferenciar uno de ellos con una tilde? Muy sencillo: porque en esta pareja de palabras no se cumple otra de las reglas que se siguen en la atildación diacrítica, aquella que dice que solo se empleará esta distinción si en la cadena hablada uno de los vocablos es átono y el otro tónico (la tilde siempre la lleva el que es tónico). Digan en voz alta ‘A mí me gusta mi casa’ y fíjense en la manera en que pronuncian. Marquemos las sílabas tónicas de esa oración: ‘a MÍ me GUSta mi CAsa’. ¿Lo notan? El primer ‘mi’ es tónico, pero el segundo no; por eso le ponemos tilde al primero. Veamos ahora esta otra frase: ‘Solo se pone triste cuando está solo’. Marquemos las tónicas: ‘SOlo se POne TRISte cuando esTÁ SOlo’. Como podrán comprobar, tanto el adjetivo ‘solo’ como el adverbio ‘solo’ son tónicos –tienen una sílaba tónica en la cadena hablada–; por lo tanto, no es adecuado aplicar aquí la atildación diacrítica. Para que entiendan mejor eso de que una palabra es tónica o átona en la cadena hablada, dense cuenta de que en esta oración que hemos puesto de ejemplo la palabra ‘cuando’ es átona al pronunciar el conjunto de la frase a pesar de que tiene una sílaba tónica si la pronunciamos aisladamente.»

En resumen: la controversia del debate ha radicado en el rechazo de esta norma por parte una gran mayoría de la población, así como de algunos académicos, los cuales se oponen rotundamente a la eliminación de la mencionada tilde en la expresión «solo». Mas, a la vista de la explicación y los ejemplos sugeridos, podríamos enunciar lo siguiente: si leemos la ortografía de la RAE y varios artículos de índole lingüística, la polémica vertida en el marco social cuestionando la morfología del adverbio «solo» debiera desaparecer, aunque no es así. Esta disputa ha encontrado asilo en ciertos entornos generales y se ha manifestado públicamente a través de periódicos y artículos, como los textos de Arturo Pérez-Reverte o Javier Marías en sus respectivos semanales, en periódicos de tirada nacional como es el caso de El Mundo, que titulaba uno de sus artículos así: «La RAE reconoce su ‘derrota’ contra los acentos de ‘solo’ y el demostrativo ‘este’», o, por último, el más reciente escrito de Yolanda Gándara publicado por Jot Down, quien «reflexiona» sobre «¿Quién va ganando en lo de la tilde de «solo»?», que así se titula el artículo. Pues como digo, a pesar de todo esto, y aunque algunos se empeñen en afirmar (y se alegren) de que la RAE ha fracasado, la discusión producida en diversos círculos de la vida cotidiana y en la propia academia es algo incongruente y sin sentido, debido a que la explicación recogida en la gramática de la RAE (o en lecturas especializadas similares al blog www.delcastellano.com) es contundente y convincente y verdad. De acuerdo a ello, deberíamos aceptar esta normativa lingüística, la cual se impondrá con el tiempo y el paso de las generaciones, al igual que ocurrió anteriormente con otras reglas parecidas y relacionadas también con la tilde diacrítica, hoy aceptadas en la lengua española sin discusión alguna.

Con todo y con esto, hay, no obstante, una idea en el texto de la asombrosa página web www.delcastellano.com con la que no puedo estar más en desacuerdo. Este razonamiento es el que le dedica a quienes quieren mantener la tilde en la palabra «solo» contra todo parecer; y dice de esta manera: «En realidad, aquellos que se niegan a eliminar esta tilde solo tienen una razón, profunda e invisible para ellos: la costumbre.».

Sin embargo, no es cuestión de «costumbre», sino de estupidez, que también es profunda e invisible para ellos. Es decir, las personas empeñadas en ponerle tilde a «solo» son sencillamente y esdrújulamente estúpidas. Así, sin más. Si fuera por costumbre, las personas no tildarían el vocablo «solo», puesto que si hay una regla principal enseñada ad aeterno, o dicho con otros términos, aprendida desde el primer instante en las clases de «parvulito», es la siguiente: la palabra llana y terminada en vocal no lleva tilde. En base a ello, se demuestra una vez más lo irracional de la gran mayoría de las personas, que atienden a la barbarie en vez de a la razón, dado que la normativa relativa a «solo», explicada a través de la lingüística, que es una ciencia, ratificada al mismo tiempo por lingüistas de la RAE es total y absolutamente coherente, y no se entiende que sea rechazada por parte de tantos ciudadanos.

La barbarie lingüística debemos de tomárnosla muy en serio, defendiéndonos de ella a toda costa, porque la lengua es aquello que nos diferencia de los animales, es lo que nos hace humanos, y, en consecuencia, cuanto mayor sea nuestra precisión en la lengua, mejor nos comunicaremos con el otro, y mejor entenderemos al otro. Por eso no doy crédito cuando escucho a la mayoría de mis conciudadanos decir obstinadamente que quieren ponerle tilde a «solo», alcanzando de este modo mis paisanos un grado de necedad tal, que solo deja entrever su verdadera individualidad y su verdadero ser, o sea, el andaluz es solamente un charlatán, un mamarracho majareta, trastornado y loco, y que como todos los locos tiene, también, muy mala leche. Esto es así porque, según la RAE, la «ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos» es la filología, que es lo que nos atañe, y cultura significa «conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico». En Andalucía pues rebosamos de cultura y conocimientos, pero no de juicio crítico, es decir, de cordura, por tanto, de ahí lo enunciado.

Por otra parte, podemos apreciar cuán paradójica es la situación por la cual el ciudadano de a pie se ha acostumbrado a las memeces generales de este mundo absurdo por el que transita, sin inmutarse, devolviéndoselas a la cara una y otra vez los medios de comunicación sin poner remedio a ello, al mismo tiempo que es capaz de defender a capa y espada las sandeces del día a día. Así pues, hombres y mujeres interiorizan rápidamente la guerra como algo normal a través de la televisión, absorben internet, aprehenden las redes sociales y la corrupción política, que es ya un ente instalado en nuestra actividad diaria sin más, etcétera. Y sin embargo, las personas en vez de combatir todo esto, guerrean vigorosamente contra todo sentido común y lógico (cada vez menos frecuente en nuestra vida más inmediata), amparando así la estupidez cotidiana y aledaña. Como por ejemplo sería el caso de poner tilde a solo. Quizá el disparate diario molesta más porque es adyacente, cercano, infecto. Personalmente me cuesta asimilar la idiotez ordinaria, zafia y contigua, de la que supongo se deriva toda la gran necedad conocida del ser humano, o viceversa.

Para concluir, quiero creer que muchos autores pelean contra la majadería humana guiándonos por el buen camino mediante sus obras, sus libros, sus columnas diarias o semanales, al estilo (a veces) de Arturo Pérez-Reverte o Javier Marías, y no como ejerce el periodista y filólogo Jiménez Losantos, a quien no sería extraño escuchar estos días en la radio un chascarrillo típico de él, afirmando que el vasco odia la tilde diacrítica porque tiene aversión a la lengua española, y el catalán cobraría por ponerla, o así. En suma, podemos asegurar tristemente que aquellos que no estudian mínimamente su propia lengua y no la respetan, ni valoran a aquellos que la trabajan, solo se suman a la imbecilidad del mundo, consiguiendo hacer de él un lugar cada vez más inhóspito.

José Manuel García Llamas, técnico de desarrollo de aplicaciones informáticas y actualmente estudiante del tercer año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Jesús Rodríguez Domínguez es Graduado en Magisterio por la Universidad de Sevilla y también estudiante del tercer año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

 

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