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Análisis

La sociedad tiene que aprender a vivir con una amenaza invisible

El autor del artículo reflexiona sobre que quizás haya llegado la hora de que la sociedad, adulta, sea consecuente y acepte que al virus no se le ha vencido, sino que en este cambio social hemos aprendido a vivir con una amenaza invisible, y eso es igual de importante que la victoria sobre la cepa

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AionSur: Noticias de Sevilla, sus Comarcas y Andalucía c26d850d-8334-4fc3-b990-e84eab86127b-compressor La sociedad tiene que aprender a vivir con una amenaza invisible Análisis Opinión

La sociedad tiene que aprender a vivir con una amenaza invisible

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No sé hasta qué punto las restricciones del confinamiento actual, llegados a esta altura, están teniendo sentido o pueden tener una relación directa con la bajada –o subida- de los contagios o fallecimientos por COVID-19, por no hablar del impacto en la economía y en el engranaje de producción del país. O lo que es lo mismo bastaría –queda demostrado que se ha frenado en parte la curva, por supuesto- con mirar las limitaciones de movilidad que tienen los distintos países a nuestro alcance y cómo siguen manteniendo la lucha contra el virus.

Teniendo en cuenta las nuevas medidas tomadas por el gobierno, se podrá salir a pasear con los más pequeños (menores de 14 años), y casi con toda seguridad a hacer deporte si todo sigue esta línea de previsible mejora, algo me chirría de forma molesta.

Entiendo, así lo han expuesto desde nuestro gobierno, que las posibilidades de contagio son mucho menores que en semanas atrás, a pesar de que hace días la actividad profesional ha aumentado su abanico de funciones no esenciales que han vuelto a su ejercicio laboral. Ahora toca reflexionar si realmente mantener a la población encerrada supone una necesidad, o un parche inútil si realizamos un análisis de lo que verdaderamente está sucediendo.

Única opción salvavidas

Lo cierto y verdad es que la única opción salvavidas comienza por encontrar la vacuna, pero los mejores pronósticos apuntan a otoño, e incluso al próximo año. Entonces me sacude una duda existencial: ¿para qué sirve quedarse en las zonas grises si la pandemia no está totalmente controlada?

Juraría que, de todas las apuestas que he hecho –he tenido demasiado tiempo-, nos íbamos a merendar el verano encerrados en casa, por eso es de agradecer que cada individuo sea responsable –escribo esto con la mínima fe- de sus actos a la hora de comenzar esta pseudodesescalada progresiva. Es sabido por todos que si está en nuestras manos, no seremos especialmente cívicos, y hasta lo entiendo. Supongo que a partir de ya empezaremos a cuestionarnos, otra vez, si somos o no, una sociedad individualista y dónde han quedado todas esas propuestas de mejora conjunta.

Una extraña época

No sé si hay alguien ahí que se plantea constantemente, como yo, la absurdez de que las familias puedan salir a la calle dependiendo de mascotas, empleo, o hijos, y su vuelta al hogar no suponga un amenaza de contagio, por eso entiendo que las restricciones deberían estar más enfocadas a las actividades sociales que congreguen un tumulto de masas importante: eventos deportivos, conciertos, ferias…,  que al mero hecho de salir o no a respirar aire exterior dependiendo de tu estilo de vida.

Únicamente expongo que quizá hayamos llegado al punto en el que esta sociedad, adulta, sea consecuente y acepte que al virus no se le ha vencido, sino que en este cambio social hemos aprendido a vivir con una amenaza invisible, y eso es igual de importante que la victoria sobre la cepa.

No se trata de dramatizar, porque todo ha cambiado en nuestros hábitos: limpieza, convivencia, incluso en nuestra forma de relacionarnos. Capaces o no, esta es quizá otra verdad más de una extraña época: la nuestra. Ahora, simplemente y como siempre, se trata de vivir… solo es eso: vivir.

 

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