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Análisis

La covid, una enfermedad que nos saca de la vida

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Estaba sentado en un extremo de la sala de espera del hospital Virgen del Rocío. Aquella dedicada a la sección covid que permite aislar a enfermos positivos o con síntomas de esta enfermedad. Pantalón de pana, camisa a cuadros, un abrigo de lana y botas de paseo pero con cierto estilo campero. 

Las piernas cruzadas. Tenía ese tipo de manos cortas pero con nudillos fuertes. Su semblante recordaba al hombre de campo vestido de ciudad. El pelo raudo concentrado principalmente alrededor de la nuca, el resto con calvicie de hace años. El campo no jubila y en su frente aún la señal de la gorra marcada por distintos tonos en la piel del rostro y del cuello, marcando hasta dónde el sol y la intemperie ha llegado sin más remedio.

Historias de soledad

Se movía torpe en este ámbito de la salud donde se notaba que no estaba acostumbrado a estar, aún menos solo. Porque esta enfermedad ha dejado atrás muchas historias de soledad y, peor aún, al final de la vida. Miles de personas que se han ido de este mundo sin el calor de una familia que desde su hogar sufría la falta de información por parte de las autoridades sanitarias, las caricias a sus seres queridos, el consuelo de saber que, aunque perdieran el conocimiento, sus voces de amor y protección iban a acompañarlos en esta etapa final.

Este hombre se veía verdaderamente perdido en una sala casi vacía en la que entraban de urgencias enfermos de covid o con síntomas para hacerse pruebas. Todas las medidas de seguridad impuestas. No muevas la silla de donde está que necesitamos mantener la distancias. Había un hombre mayor en una camilla con suero aparcado en la esquina de la sala. Otro de igual edad que llega en silla de ruedas y pasa al otro extremo de la sala. No está masificada, ni mucho menos, y la atención es correcta, profesional, además, de rápida que no es poco. 

Nada que ver con lo que se oye de otros hospitales donde entrar supone horas de espera para una simple prueba. Aquí no ocurre, lo mismo es casualidad, pero así fue aquel día. 

Habitaciones aisladas

El hombre de esta esquina sigue sin sentirse cómodo. Es como si lo hubieran dejado en medio de cualquier gran ciudad sin previo aviso. Está callado pero atento, la mascarilla en su sitio pero los ojos no paran de recorrer la sala de espera. No es el lugar donde quiere estar, ¿y quién si? En los últimos días ocurre más a menudo de lo que desearíamos porque la covid está trastocando el día a día, trabajo, costumbres, planes, presente y parte del futuro. Nos está sacando de nuestro entorno para lanzarnos a habitaciones aisladas, casas vacías para evitar contagios y, aún peor, a salas de hospital donde viven la experiencia durante meses para, en muchas ocasiones, acabar sin un simple adiós.

Cada uno vive su propia experiencia pero lo peor es que no nos está quedando más remedio que acostumbrarnos a esta nueva realidad. Quizás mantenida por la esperanza de que un día de esto todo vaya a mejor, que se convierta en un mal recuerdo o que aprendamos a normalizar esta enfermedad como antes la sociedad ha hecho con otras a lo largo de los siglos.

Pero lo cierto es que, mientras, se viven dramas personales difíciles de olvidar. Que la experiencia se ha convertido para muchas familias en el peor recuerdo de su vida. Padres abandonados a su suerte en una cama de hospital de cuya habitación tienes que salir sin ninguna oportunidad de visitas. Y, a veces, esta situación que es difícil para todos, también para los profesionales que lo atienden que soportan cargas de trabajo y de tensión desconocidas hasta ahora, provoca que la información del enfermo o enferma no llegue hasta que está en las últimas horas de su vida. 

No hay más posibilidades de despedirse de la vida

Una situación más incomprensible aún que supera todas las posibilidades de pedir justicia y que hace que nos preguntemos qué está fallando para que las familias no sólo no puedan acercarse a esa cama sino que ni siquiera sepan la gravedad de la situación que está viviendo su padre, madre, hermano. Una información que no llega ni siquiera insistiendo en llamadas telefónicas. Y, lo más sangrante, no hay más oportunidades para despedirse de esa vida.

Por eso este hombre de campo, que lleva calada las formas de la gorra que lo han protegido del sol todo su vida, se siente especialmente solo, abandonado y fuera de lugar. Aquí, precisamente en una sala covid de hospital, no está protegido. Porque en sus ojos que buscan respuestas teme quedarse dentro, en una camilla como su compañero de sala, a la espera de lentas horas que recuperen su salud. Eso, con suerte. Y solo.

 

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Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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