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Análisis

La Barriada de San Agustín

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«Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado. Convertido en tan sabio,  con tanta experiencia, ya habrás comprendido el significado de las Ítacas», versos del poema Ítaca.

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Semana Santa en la Barriada de San Agustín.

 

José Manuel GARCÍA LLAMAS/Jesús RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ

Alcalá de Guadaira

El viernes cinco de febrero de 2016, la Policía Municipal de Madrid detuvo a los componentes de una compañía de títeres por la exposición de un cartel rotulado con el epígrafe «Gora Alka-ETA» en la representación de una obra infantil. Un comunicado de El País afirmó que dicha escenificación tuvo lugar en «un auditorio de unos 30 niños de entre uno y seis años» y, en relación al contenido de la obra, El País anunció que «los miembros de la compañía Títeres desde Abajo habían mostrado cómo una bruja era violada, después ella misma asesinaba a su violador, para posteriormente intentar abortar clavándose un cuchillo». Según información de este mismo periódico, se les imputó «un delito de enaltecimiento del terrorismo».

Cierto tiempo después de la publicación de esta noticia, escuchaba casi con estupefacción en un programa de la televisión a un humorista opinando muy seriamente sobre este hecho. Este cómico aseveraba que la detención y la posterior prisión sin fianza de los titiriteros jamás se hubieran consentido en la década de los años ochenta. No especificaba el porqué no podría haber sucedido tal cosa en tal época, es decir, no añadía justificación alguna a su comentario, simplemente alegaba que eran los años ochenta. Sin más. Este títere de la televisión se llevaba las manos a la cabeza, exclamando que aquella sentencia era propia de una sociedad enloquecida, dándonos a entender a todos los oyentes con su afirmación lo siguiente: la ciudadanía de hace ya cuarenta años era distinta de algún modo, ya que esta no habría permitido el encarcelamiento de unos titiriteros a causa de una función de marionetas realizada ante niños pequeños, porque reinaba una justicia más apropiada, más cabal. Pues bien, por un lado, es incuestionable que el Juez de Instrucción actuó con un excesivo rigor en el caso de los titiriteros, pero partiendo de esta premisa no podemos llegar a la conclusión por la cual la ecúmene anterior fuera distinta a la nuestra o tuviera unas leyes más justas, puesto que no hay nada más lejos de la realidad y está fuera de todo lugar. Así pues, este bufón, que en los medios suele hacer las veces de sucedáneo del intelectual, como digo, sentenciaba aquello de tal manera que pareciera esta una sociedad totalmente distinta a la de aquellos pasados días de mil novecientos ochenta; como si nosotros fuésemos individuos provenientes de Marte, y fuéramos, en definitiva, ciudadanos pertenecientes a una cosmópolis devaluada e independiente de la anterior. Y sin embargo, nada de esto es cierto.

La colectividad de la década de los años ochenta y primeros noventa no fue tan disímil en esencia de la de nuestro tiempo. Aquella comunidad padeció tantos problemas como ahora soportamos nosotros, y, además, también afrontó sus porciones de corrupción e injusticias. Recordemos que fue la época del GAL, de la ETA, del aceite de Colza, del caso Roldán, de Filesa, de los hermanos Guerra, del Banesto de Mario Conde, de la crisis del 93, de la ausencia total de la seguridad en el trabajo e incluso, por qué no, de la miseria. Por lo tanto, no era tan dispar a la de nuestros días, solo estaba frenada por sus circunstancias históricas, pausada en el devenir. Así, el individuo de ese pasado al que nos remitimos no dista tanto de nuestro semejante coetáneo.

En aquellos años de mil novecientos ochenta y principios de los noventa, los escenarios y las coyunturas que permiten la realización y la manifestación de la idiosincrasia de los individuos de un grupo y la naturaleza de un pueblo estaban en contra. Como resultado, las vidas, los comportamientos y las realidades de las gentes de aquellas fechas fueron distintas, pero no porque fuesen seres distintos a los de ahora, sino debido a que nos impedían ser lo que realmente somos ciertos valores impuestos por la necesidad de entonces y los acontecimientos históricos.

Por lo mencionado, podemos asegurar que el carácter de un pueblo se mantiene generación tras generación. También, el humano, individualmente, no transmuta a lo largo de su vida, su índole no sufre alteración alguna. Aunque las personas en su recorrido vital adquieren destrezas y modifican sus conductas dependiendo de las circunstancias a las que se enfrentan, en esencia, en espíritu, siempre son las mismas. La condición pues no cambia. En consecuencia, los hombres y las mujeres de antes no fueron ni mejores ni peores personas en comparación con las mujeres y los hombres de ahora. Fueron y son y serán siempre los mismos. Mas hay una diferencia importante, a saber: la nación de nuestro momento ha tenido la oportunidad de expresarse tal cual es, gracias en parte al contexto de su tiempo, el cual ha favorecido la realización de nuestra calidad humana, manifestando así mismo nuestra soberbia, nuestra estupidez, nuestra maldad, nuestro egoísmo, nuestro ser. Hemos sido como el pueblo judío, que una vez liberado de la represión de Egipto, se declaró en su máxima expresión, en su totalidad, en pueblo pervertido que adora un becerro de oro, imperando así, notablemente, su enrevesado carácter, su maldita individualidad.

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Calle Jaén.

Como digo, los ciudadanos eran, son y seguirán siendo, en su naturaleza, los mismos. Y debemos aprehender esta idea con el fin de saber quiénes somos, debido a que si limamos nuestras deficiencias una vez nos hayamos observado, como Narciso, en las aguas de nuestra historia y nuestra cultura, obtendremos beneficios para la ciudadanía y la convivencia con los demás.

Del mismo modo que en el ser humano y en la literatura se aglutinan configuraciones psicológicas, filosóficas, estéticas, culturales y humanas, podemos distinguir estas mismas estructuras, encarnadas, materializadas, (si uno observa con detenimiento) en ciertos asentamientos vecinales, puesto que, como cualquier ciudad, pueblo, casa de vecino o barriada, dispone de la belleza y el carácter que le conceden sus habitantes, sin poder dividirse lo uno de lo otro, dado que por ende, ciudades, pueblos, asentamientos o casas, sin sus pobladores, no serían más que ruinas. De tal manera, esas conformaciones psicológicas, filosóficas, etcétera, las atisbamos en ciertos vecindarios viejos, visto que ejercen, para quienes tienen la mirada del pasado grabada en sus pupilas, de elemento histórico, cuya indicación es el cambio sustancial de esas idas y venidas de los movimientos de una agrupación humana, marcando las diferentes realidades y confirmando una vez más la quietud de la condición de un colectivo o de un ser humano.

Un ejemplo de ello fueron las urbanizaciones construidas en la época de los años cincuenta por toda la geografía andaluza. En aquellas barriadas todavía se puede contemplar el cambio de testigo de unas generaciones a otras y cómo se iniciaron las vidas de aquellas personas, así como su posterior desarrollo hasta el día de hoy. Una prueba de ello es el Grupo de Casas Baratas Agustín Alcalá y Henke, «vulgo Barriada San Agustín». A tenor de lo escrito en Lejanía sin distancias, cincuenta años de la Barriada Agustín Alcalá, del escritor y profesor Francisco López Pérez, esta suerte de vivienda incluida en la Barriada Agustín Alcalá y Henke «presenta un perfil muy parecido al de tantos barrios de este tipo que se edificaron entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta». Esta vetusta barriada fue construida en la periferia del casco urbano de Alcalá de Guadaíra, pueblo este en otro tiempo, que con el transcurso de los años se ha convertido hoy día en una ciudad-dormitorio sin identidad alguna, salvo en el imaginario de aquellos ilusos que todavía piensan que es un municipio de los de antaño. Así, en esta barriada, desde su nacimiento en los años cincuenta hasta la década de los años noventa, convivió gente trabajadora y humilde, quienes enriquecieron su pueblo, y donde simultáneamente floreció esta misma barriada con sus vecinos. También fue barriada de gente vieja y cansada, curtida por los años, que había vivido cincuenta años difíciles y de hambre, y en aquellos tiempos felices de los años ochenta y noventa, este zaguán de los infiernos que es Andalucía les daba una tregua. Según aporta Francisco López Pérez en su libro, la Barriada San Agustín, pulmón en plena ciudad, fue un producto de «La Obra Sindical de la Vivienda, organismo estatal dependiente del Ministerio del Trabajo». Dice el profesor López Pérez de esta entidad que «fue distribuyendo por toda la geografía del país barrios diseñados desde Madrid, destinados a ofrecer vivienda digna a la clase trabajadora». Francisco López describe la Barriada San Agustín magistralmente así: «la línea arquitectónica se decanta por viviendas de dos plantas, cubiertas con azoteas no visitables, ventanas sin rejas y edificación repartida en varios paquetes o conjuntos. De las azoteas escalonadas a consecuencia del desnivel del terreno, sobresalen achatadas chimeneas como gatos blancos adormilados al sol de la mañana. La cal de las paredes acentuaba la luminosidad de calles y plazas». En vista de ello, la Barriada San Agustín es un universo pequeñito que simula una urbe independiente, es como un castillo de fantasía alimentado en el sueño de un niño o como la buena literatura, acabada con trazos de realidad. Tanto es así, que al igual que Macondo abrigó a Melquíades y sus gitanos en el mes de marzo, la Barriada San Agustín contó con su propio mercadillo semanal, «que se convirtió en una realidad social de ámbito local. Sus orígenes parten de La Plazoleta de la Barriada a finales de los sesenta y comienzo de los setenta. Al principio empezó a venir un matrimonio mayor con encajes y tiras bordadas, un día fijo a la semana. Eran dos buenos gitanos maduros, bien vestidos y aseados, delgados y más bien altos. Como casi todas las mujeres cosían en casa, agradecieron mucho la visita de los quincalleros, que las surtían de cuanto necesitaban para sus labores, con variedad y calidad de género».

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Calle Moguer, arteria principal de la Barriada.

En cuanto a las conductas de padres e hijos en la década de los años cincuenta y sesenta analizadas a través de la vida de este vecindario, Francisco López Pérez afirma: «el cambio de comportamiento tan radical en aquellos jóvenes coincidió con que los padres perdieran el norte que les venía guiando desde generaciones atrás. Se resignaron a no entender que sus hijos pequeños se comportaran de acuerdo con el papel que ellos mismo les habían asignado dentro de la unidad familiar: habían querido criarlos sin privaciones y lo que consiguieron fue debilitarles los hábitos de esfuerzo, responsabilidad y colaboración con el grupo que se sentaba diariamente a la misma mesa. Los padres no se percataron de que, al quitarles la responsabilidad, las obligaciones, el esfuerzo y la colaboración, los habían dejado sin valores y sin horizontes de futuro. En consecuencia, por mucho que los padres (hasta entonces complacientes) se volvieran autoritarios, los hijos pequeños pasaban de todo y hacían lo que les venía en ganas, que era a los que estaban acostumbrados. Los padres más afectados por una situación tan complicada, viendo que el autoritarismo no surtía efecto, se despojaron de la autoridad moral, renunciaron a su tarea educativa, se resignaron a la fatalidad y justificaban diciendo: Nos ha tocado ¡Qué le vamos a hacer! La conducta desarrollada por unos hijos bien criados en clase de pobre, venía a demostrar que la mejora de la situación económica resolvía unos problemas y creaba otros nuevos. Más de un padre se sintió profundamente decepcionado por resultados tan negativos, después de haber tenido que luchar tanto para conseguir los aumentos salariales y mejores condiciones laborales, pensando siempre en el porvenir de sus hijos». Sin embargo, como sucede siempre, lo que nos identifica como pueblo no cambia. Promoción tras promoción, se suceden los mismos problemas, las mismas identidades, las mismas tristezas. La quinta de nuestros padres siempre se ha acogido a sagrado argumentando una incomprensión por parte de ellos al nuevo estilo de vida adjudicada a los jóvenes, cuando en realidad, en infinitas ocasiones, no se han preocupado de ellos, para bien o para mal, porque no tienen y no han tenido nunca conciencia de ayudarse mutuamente unos a otros. En muchos de estos casos han destrozado la vida de sus hijos, o la situación ha sido a la inversa: los hijos han olvidado a sus padres. No obstante, debemos admitir nuestra culpa, la de todos, por no crear una generación que como colectividad funcionara a través del tiempo con una disciplina de trabajo en grupo, ayudándonos mutuamente, como un equipo, para servir de ejemplo a las siguientes generaciones. Nuestros antecesores quizá no han realizado este ejercicio porque estaban convencidos de que sus hijos vivirían en un estado similar de bienestar al suyo, al vivido por ellos, confiados por creer que el mundo trata igual a las generaciones. En otras muchas situaciones por no importarle a nadie su conciudadano.

En relación a esto, es cierto que ha habido una intención por parte del ciudadano andaluz de llegar a ser esa idea que se tiene del andaluz como persona humilde, hospitalaria, bondadosa, solidaria y pía, pero solo ha llegado a convertirse en una escuálida sombra de esto. El andaluz es un ser complicado, cuya identidad está normalmente asociada a un concepto más patriotero que otra cosa. Él se caracteriza a sí mismo como español, y en última instancia como andaluz. Y aunque al andaluz le duela la boca de gritar a viva voz que Andalucía es el lugar más hermoso del mundo, y se jacte de ser andaluz, en realidad le da igual y le es lo mismo su compatriota (salvo si es un familiar, y muchas veces aun así). Además, el objetivo común que debiera unir a una sociedad al andaluz le importa poco y nada. Le da igual su semejante, su hermano. Y por mucho que lo niegue, siempre aflora esa cualidad y esa realidad. Desgraciadamente, es muy difícil zafarse de esa confluencia de elementos que desemboca en la esencia de ese estado, de su destino. Así sentenció Bram Stoker la imposibilidad de traicionarse a sí mismo, de negar lo que se es: «Volvió a mirarnos intensamente. Cada vez me convencía más de que aquel repentino cambio de su método intelectual no era más que otra forma o fase de su locura, por lo que decidí dejar de seguir un poco más, sabiendo por experiencia que, como todos los locos, acabaría por traicionarse».

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Familia Estévez, calle Valencia.

Esta barriada, pues, se ha deteriorado, pero no porque la generación de nuestros abuelos le haya pasado la vara de mando a la sociedad venidera (a la de nuestros padres) y estos la hayan devaluado (que también), ha sido otro motivo: de la Barriada (al igual que en otros vecindarios de características similares) han partido los más jóvenes, que como robinsones han sentido la necesidad de marcharse a otro lugar, a irse de las casas de sus padres, de la Barriada, y al unísono que fallecía la gente mayor han ido sustituyéndose  unos y otros por gente proveniente de otros barrios, ocupando así esos huecos vacíos, estas casas de la Barriada. Y los nuevos inquilinos no le han otorgado el respeto debido a la nueva realidad que se les presentaba. Finalmente, se ha despreciado tanto la Barriada por parte de estas personas venidas de nuevas, sin conocer el barrio, así como por sus propios gobernantes, que ha desaparecido todo rastro de alegría y de vida y de tradición, y del tono familiar que unía a todos los vecinos. De nuevo, nada cambia.

Pero retomemos el asunto que nos concierne. La Barriada San Agustín, con sus casas caladas en blanco, disfrutó de numerosos festejos y actividades. Gozó del pasacalles de los cabezúos, del mercaíllo de los gitanos, de su Velá, incluso las cabalgatas de los Reyes Magos pasaban por la calle central de la Barriada, la calle Valencia, la cual se revestía con alumbrado en esas fechas. Ostentó también un colegio, el C.P. Reina Fabiola, y su Semana Santa. Pero toda esta composición de actividades, factores, impulsos y movimientos realizados con laboriosidad, que generaban vida, alegría y animación a un barrio ha desaparecido. Consecuentemente, con el tiempo, la Barriada, que antes había sido un barrio humilde, poco a poco se ha convertido en un barrio empobrecido. Tanto es así que algunas mujeres mayores ahora salen a la calle en pijama o en batín, como desarrapadas, cuando antes salían arregladas con lo poco que tenían. Donde antes había vejetes jugando al dominó, ahora hay borrachos y pedigüeños dando voces. Los comerciales y tiendas están deteriorados y llenos del excremento de las palomas que pululan por todo el barrio, además de estar enrejados a causa de los continuos robos. Y si en los años ochenta este vecindario sufrió la adicción a la droga de muchos de sus habitantes, hoy el problema no es el consumo, sino el inicio de la propia venta de estupefacientes. Y todo, en parte, por culpa de los gobernantes y la misma gente de la Barriada. Hoy día no hay Velá, ni los gitanos, ni los Reyes Magos, se los llevaron a otros lugares con la expansión del pueblo en la época de auge económico, inclusive, el colegio lo trasladaron a otro barrio emergente, con motivo de la especulación. Ni los profesores ni los padres de los alumnos impidieron el desplazamiento de la escuela para mantenerla donde había estado cuarenta años. El edificio donde se albergaba el colegio es hoy un esqueleto moribundo en el que se imparten clases de salsa para personas mayores y el gordo cacique del distrito juega a la petanca en su pista particular.

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Aspecto de La Plazoleta en los años noventa.

El remedio a este problema puede ser la revitalización de estos barrios con gente trabajadora, responsable, modesta y respetuosa, reivindicadora de las actividades de su vecindario y sus derechos. Es decir, de personas con educación y conocimiento, y también, por otro lado, la instalación del mismo colegio, en el mismo lugar, pero reformado, además de retomar sus fiestas, el mercadillo y sus actividades. Revitalizar los comercios, eliminando la competencia de las grandes y medianas cadenas de hipermercados, las cuales anulan al comercio pequeño de toda la vida. Todo ello, de forma paralela, con una preocupación y una participación activa por parte del ayuntamiento en todo lo anteriormente citado, amén de solventar los problemas de obra civil, que son muchos, de estas casas baratas con medio siglo de vida. Es decir, ir de la mano de la evolución, eliminando la barbarie, manteniendo las tradiciones para proteger las barriadas y sus gentes y, sobre todo, induciendo en las personas el afán por la cultura y los estudios, el trabajo bien hecho y los valores de amistad y respeto mutuo a través de todas las actividades y tradiciones de la Barriada, y, en definitiva, dejar los prejuicios a un lado para ayudarse los unos a los otros desinteresadamente.

Podemos afirmar que la culpa de la devaluación de nuestro mundo y nuestro entorno más cercano, como son nuestros vecindarios, la tenemos todos, en mayor o menor medida, pero todos. Y para ello, como solución a esta niebla, que a fin de cuentas es la vida, tan solo podemos aconsejarle, estimado lector, que se apresure usted a conservar su ciudad, su pueblo, apresúrese usted a conservar su identidad como ciudadano, que va más allá de las cuatro fiestas hipócritas de masas que sirven al exceso, apresúrese a conservar lo que nos constituye como asociación humana en su mejor sentido, a luchar contra la barbarie, manteniendo la vitalidad de su barrio, de su pueblo, de su barriada, y no permita el atropello de sus derechos y sus posesiones, como pueda ser el lugar donde habite, para que muchos años después frente al olvido y la muerte, lleguemos al final de nuestro itinerario vital, de la niebla, de la vida, como llegaron muchos de nuestros ancianos, rodeados de su gente querida, manteniendo la dignidad de saber que hemos actuado correctamente, recordando la historia de nuestro barrio y su gente, conociendo la verdad, porque así  es como se muere en Comala, porque así es como murieron muchos de nuestros antepasados en la Barriada San Agustín.

 

José Manuel García Llamas, técnico de desarrollo de aplicaciones informáticas y actualmente estudiante del tercer año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Jesús Rodríguez Domínguez es Graduado en Magisterio por la Universidad de Sevilla y también estudiante del tercer año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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