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Francisco José JIMÉNEZ PÉREZ

Opinión

Me siento a escribir la presente con la indignación y la impotencia que puede sentir una de las tantas personas que a diario contempla como sus padres y madres, amigos, hermanos, etc. se ven obligados a soportar condiciones laborales paupérrimas con tal de llevar un sueldo a su casa y poder tirar para adelante. Déjenme pensar un momento… Trabajar en verano a pleno sol durante las horas de mayor intensidad podría servir como buen ejemplo de estas condiciones.

Y sí. La muerte de nuestro convecino Rafael Luque hace escasas semanas ha puesto encima de la mesa una de las realidades sociales en las que, por desgracia, el interés de a pie es poco hasta que el daño sacude las entrañas de personas cercanas.

No es mi motivación el volver a remover lo que le ocurrió a nuestro vecino en ese fatídico día. La mayoría de la prensa nacional, autonómica, provincial, y, por supuesto, local se hizo eco inmediatamente de un suceso que ya bastante bien conocemos todos. El núcleo central aquí se basa en una cuestión fácil de formular pero compleja de contestar: ¿en qué está fallando nuestra democracia para que esto siga ocurriendo, o mejor dicho, nunca haya dejado de ocurrir?

Como aproximación, yo lo llamaría inadaptación. Inadaptación de un sistema liberal garante de derechos que no encaja correctamente y no llega a regular con tanta efectividad como se esperase los hechos que se suceden en un marco laboral de “currantes” que se dejan sangre, sudor, lágrimas e incluso la vida por sobrevivir más que por vivir. Son dos piezas de un puzle que difícilmente encajan.

“Vivir para trabajar”, en vez de “trabajar para vivir” es el lema que cada vez más se ha ido convirtiendo en bandera de la clase media-baja, precisamente a partir de un punto temporal de inflexión: la “crisis”. Vean que la entrecomillo porque más que una crisis podría definirse como “estafa”. El término “crisis” se presenta como demasiado benevolente para definir lo que desde 2008 (y con hilo causal bastante anterior) se ha convertido en una situación que ha puesto en peligro de rotura los cimientos del régimen del 78. En una estafa siempre una parte sale beneficiada y la otra afectada en términos negativos. Creo que ya se imaginan a lo que me refiero, juzguen ustedes mismos.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, la “crisis” dinamitó las expectativas de vida de los españoles, un desasosiego ante el devenir invadía la conciencia colectiva del qué pasará. Y lo que pasó han sido las consecuencias que todos conocemos: desahucios, aumento de los niveles de pobreza y de exclusión social, paro y“precariedad”.

Asombroso cómo los que nos gobiernan utilizan el lenguaje para rebajar la carga problemática que estas situaciones acarrean con tal de disminuir las probabilidades de una histeria colectiva como respuesta. El poder también manipula el lenguaje. Lo hemos visto con el término “crisis” y ahora con “precariedad”, que bajo una óptica más crítica y analítica viene a ser explotación. Pero no se me asusten. Sé que suena fuerte mencionar  el término “explotación”. Cuando en nuestras conversaciones sale a relucir el tema de la explotación de personas, lo primero que se nos suele venir a la mente son los esclavos de la Antigua Roma, del Antiguo Egipto y similitudes variopintas. Acudiendo a nuestra Real Academia de la Lengua, la explotación es definida como “utilizar abusivamente en provecho propio el trabajo o las cualidades de otra persona”.

Entonces díganme, ¿acaso la muerte de Rafael y de otros muchos trabajadores que han enfermado o fallecido en lo que va de año en condiciones que se podrían haber prevenido no es explotación? ¿No se utiliza la fuerza de trabajo de personas en condiciones abusivas por parte de empresas con el objetivo de disminuir la consecución del proyecto y abaratar costes? A mí me da que sí. Pero no solo las empresas (que evidentemente son las potenciales benefactoras de la explotación de los trabajadores) sino también nosotros, la sociedad misma.

Ya lo manifesté en una reflexión que hice hace poco más de un año: “Es inherente al hombre pensar primero en sí mismo”, escribí. Y lo hace, obviando consecuencias. Nos quejamos de que nuestro magnífico coche se llena de polvo cuando vamos por la carretera de Morón y que, claro, esto nos supone un máximo de 5 euros en la BP para lavarlo. “A ver cuando acaban”, pensamos y decimos. Desde una visión más allegada, me pregunto que quién no quiere que la piscina del hotel al que nos vamos a ir de vacaciones esté en perfectas condiciones para disfrutar de placenteros y refrescantes baños. Pero pasamos por alto que son personas y trabajadores que, quizás, estén soportando lo insoportable o que, quizás, se tengan que tragar el orgullo y permanecer callados ante jornadas de más de 8 horas de trabajo y las acometidas verbales de los mandamases porque el orgullo no da de comer y que, quizás, se estén dejando más que el alma y las entrañas para que sus hijos y sus hijas puedan comer, ir a la universidad y hacer la vida que haría cualquier joven. Esto ocurre querido lector, si no lo está sufriendo en sus carnes o por personas allegadas. Les aseguro que ocurre. La construcción cultural del español muestra una falta de sentido de comunidad, de patriotismo y de empatía con el vecino que es inconcebible en otros países europeos.

La trinidad del Estatuto de los Trabajadores, la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y los convenios colectivos correspondientes que no remedian esta situación (ya sea por incumplimiento tajante o vacío de su contenido o su falta de implementación ante una visible y deficiente actividad del Ministerio de Trabajo y sus inspectores) no hacen otra cosa que demostrar la grietas de deficiencia de nuestro sistema.

La Teoría Política afirma que nuestros políticos, al haberles otorgado nuestra confianza, la llamada “legitimidad”, formulan todos sus actos y leyes en virtud de la gente, del pueblo, del país, o como quieran llamarlo. La cuestión es que ellos hacen lo que hacen porque tienen nuestro respaldo. “Nos representan”. Si le damos nuestro beneplácito mediante el voto, ¿por qué no los obligamos a que acaben con sucesos como los referidos?

Y es que usted, querido lector o lectora, que está leyendo estas palabras en este momento es culpable también de que estas situaciones ocurran, y él y ella, y aquellos y aquellas, y, por supuesto, yo mismo. Todos. Existe un silogismo lógico muy simple que relaciona el binomio entre partidos políticos y sociedad. Sociedad y partidos políticos son una dicotomía en la que ambos se requieren mutuamente. Los partidos políticos necesitan de la sociedad para sobrevivir y la sociedad necesita de los partidos políticos (como primer instrumento, pues nos encontramos con otros actores como los sindicatos, las ONGs,…). Forman el canal para llevar a cabo las medidas que demanda. Aunque en estos casos de explotación laboral los sindicatos ejercen su papel, entre otras funciones, como representantes en la formulación de los convenios colectivos y en el cauce judicial de los hechos, está muy claro que son aquellos que viven de nuestra legitimidad y de nuestra participación en las elecciones los que tienen las armas principales para detener estas situaciones.

Y somos nosotros, la sociedad, su alimento, los que permitimos que sigan haciendo políticas para ganar elecciones pero no que ganen elecciones para hacer políticas. No esperen que ahora cualquier partido a escala autonómica o nacional haga más que mostrar las condolencias, indignarse momentáneamente para la foto pública y utilizar lo ocurrido a estas personas como argumento de captación de votos en sus campañas preelectorales. No harán más, porque no se les exige. Y es ahí donde empieza nuestra labor.

Finalmente, no podía acabar este escrito sin hacer referencia expresa a vuestro mérito. Hombres y mujeres que os levantáis cada día para llevar un sustento a vuestro hogar, que puede que hayáis aguantado o que estéis aguantando condiciones y situaciones que para vosotros se os quedan. Vosotros que pagáis una parte de vuestro sueldo en impuestos bajo la seguridad de que, aunque haya tanto ladrón institucional, salvará la vida de otras personas y garantizará la educación y la comida de los niños en los comedores. Personas como vosotras (y en mención especial a Rafael) sois el orgullo de la clase trabajadora.

Francisco José Jiménez Pérez es estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. 

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