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Enfermos de alzheimer: la otra batalla contra la COVID-19

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Lo enfermos de alzheimer y sus familias libran otra batalla contra la COVID-19 debido al avance de la enfermedad a causa del confinamiento.

Juana Martín Rosado tiene 87 años y padece alzheimer. Cuando llegas a su casa no deja de mirar fijamente, y hasta con cierta desconfianza, reclamando la atención de su hija, Patri Balbuena. Es la hora de su café y se pone más nerviosa de lo normal, porque para estos enfermos las rutinas son lo más importante y el COVID-19 ha acabado con parte de ellas. Esta mujer se ha convertido sin saberlo en protagonista de esta historia por ser ejemplo de las consecuencias de una pandemia que no aparece en ninguna estadística. 

Hace unos días se celebró el Día Internacional de esta enfermedad y pasó casi sin pena ni gloria. Porque desde que llegó la pandemia de coronavirus a España y al resto del mundo, no se habla de otra cosa que del COVID-19. Pero de esta crisis sanitaria aún no se han medido bien las consecuencias, no da tiempo ni siquiera a contabilizar positivos, curados y fallecidos. 

Batallar en otra guerra

Sin embargo, hay familias que batallan en otra guerra en la que este maldito virus está haciendo estragos y no salen en ninguna estadística. Es la de los enfermos de alzheimer y otras demencias, personas de alto riesgo que permanecen la mayor parte del tiempo encerradas en casa, perdiendo capacidades físicas y mentales a marchas forzadas.

Juana es una de ellas, pero no la única. Asiste, desde que la enfermedad comenzó a hacer estragos en su mente, al centro que mantiene la Asociación Alzhei Arahal y otras demencias. Cuando en marzo se vieron obligados a cerrar por el estado de alarma, 30 usuarios acudían cada día a las instalaciones. La terapias que reciben unido al cariño y a una rutina diaria mantenía sus mentes ocupadas además de dar respiro a las familias durante cuatro horas.

Todo se acabó de un día para otro. Cerraron las instalaciones y las familias tuvieron que organizarse con todas sus consecuencias y para preservar la salud de los usuarios, que al final es lo que importa. Pero el problema es que “el confinamiento es un beneficio para los enfermos pero no para la enfermedad”.

Así es como cuando volvieron en julio, después de invertir lo necesario en las medidas de seguridad dentro de las instalaciones y extremarlas al máximo, las profesionales que los atienden notaron cómo los usuarios volvían a deambular, aumentaron los problemas conductuales y la agresividad.

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Juana Martín junto a su Hija Patri Balbuena en el salón de su casa.

¿Cuándo nos vamos?

“¿Cómo le explicas a una persona así que no puede seguir con su rutina porque es peligroso?”, pregunta Norma , psicóloga del centro. Porque en estos meses de confinamiento han aumentado los episodios de ansiedad y estrés tanto en los enfermos como en las familias que están desesperadas “deseando que volvamos a abrir”.

Juana Martín Rosado mira fijamente, muy seria. Son las seis de la tarde y se levanta continuamente del sillón repitiendo la misma pregunta: “¿Cuándo nos vamos?”. Patri Balbuena es su hija, junto con su hermana, la cuida desde que hace un año empezaron a notar que repetía mucho las mismas frases. El diagnóstico fue claro: padecía de alzheimer. 

De momento su mente no se ha deteriorado demasiado, todavía los reconoce a todos y su comportamiento, si no cambias la rutina, es casi normal. En el confinamiento han tenido que reorganizarse, las dos hijas trabajan, así que han echado mano de los nietos ya mayores para cuidarla el tiempo en el que ellas están fuera. “Mi hijo dice que su abuela lo ha cuidado siempre así que ahora le toca a él”. Así es cada día. Antes del confinamiento, la atiende una persona que es la que la lleva a Alzhei Arahal a las 9:30 horas y después la recoge para darle de comer.

¿El futuro? Incierto

Pasando la mañana, Juana está ya con su familia hasta el día siguiente. Todavía salen y entran con ella y suben la escalera del primer piso en el que vive. Intentan tener las mismas rutinas pero en vez de ir a tomar café fuera como antes, lo toman en casa de una u otra hija y cada tarde lo echa de menos.

Después del confinamiento, lo que más han notado en Juana es la debilidad en las piernas. “Acostumbrada a andar mucho de siempre. Antes de la enfermedad, cada día recorría el pueblo de una punta a la otra a nuestras casas”, cuenta Patri para asegurar que “mi madre ha sido una mujer de carácter, ahora está más decaída”.

Los primeros días de ir al centro de la Asociación Alzhei Arahal  “no quería estar encerrada, se ponía agresiva y tuvimos que dejarla de llevar”. Poco después volvieron y se acostumbró, pero cuando le preguntas si quiere ir al colegio, niega con la cabeza. 

Cada historia de los usuarios del centro es diferente pero todos coinciden en que el deterioro en estos meses ha sido importante. De hecho, durante el verano que ha permanecido abierto, se han multiplicado las bajas. “Muchos casos se han agravado, la enfermedad ha avanzado mucho, algunos no volverán”.

¿El futuro? Incierto. Están a la espera de recibir instrucciones de la Consejería de Salud, pero posiblemente las órdenes estén encaminadas a abrir pero “ bajo nuestra responsabilidad”. La profesionales ha hablado con las familias para plantearles la opción de abrir y “están dispuestas a arriesgarse, ya ves lo desesperadas que están”.

 

Cachorros contra el olvido  

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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