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Por José Manuel GARCÍA LLAMAS y Jesús RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ

«Albañiles y huéspedes, solo cuando se van bien parecen», Refranero español.

Si preguntamos a nuestros mayores sobre cómo era la vida en las décadas de los 60, 70 y 80, en comparación con nuestra época (principio de siglo XXI), podremos escuchar, según quién nos lo cuente, dos opiniones: o bien que la vida siempre ha sido tal cual la conocemos hoy en día, sin cambios, con todo nuestro egoísmo, nuestra maldad, nuestra envidia y nuestro individualismo, no obstante, con un escenario diferente, más natural; o, por otro lado, hay quien afirma que se han marchado aquellos tiempos donde la fraternidad, la igualdad y el respeto mutuo eran en conjunto el espíritu de la mayoría de las personas, de toda pandilla o grupo de amigos de los de entonces. Fuera por la necesidad o por un producto del interés (hecho que podríamos expresar perfectamente así: «la necesidad, apremia», «hay que tener amigos hasta en el Infierno»), han existido esas situaciones donde la divisa entre semejantes era «hoy por ti, mañana por mí». Sería sensato pensar que han pasado, por desgracia, los días donde concurrían escenas cotidianas de amistad inquebrantable, y que hoy vivimos en un lapsus temporal a la espera de nuevos y mejores tiempos.

 

Imaginemos por un momento a un grupo de trabajadores entrando en un bar allá por la década de los 80, donde el dueño, supongamos amigo de ellos, que después de apuntar con tiza en la barra la cuenta de las cervezas que se han tomado, alguno de aquellos obreros, entre risotadas y chistes, pero con el aplomo del saber estar y la complicidad, desliza rápidamente la palma de la mano a lo largo de la cuenta garabateada en la barra perdiéndose así lo debido. Paradójicamente, en la escena propuesta en nuestro imaginario, no hay malos gestos, ni malas formas, ni reproches, ni ajustes de cuentas: «Hoy por ti, mañana por mí». Ante dicho contexto anacrónico, muy diferente a lo que podríamos ver en estos años, no queda sino recordar al gran Cervantes: «-Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquélla venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío».

Así me entristecía yo fantaseando con estas reminiscencias de otros tiempos mientras leía el periódico sentado en un bar. Todavía de noche y en la calle, se desvanecía la oscuridad como una lenta nebulosa dando paso al amanecer. Las nubes se quedaban allá arriba en espera del buen tiempo, el sol se iba imponiendo despacio dejando vacío el cielo azul, al mismo tiempo que yo observaba el mundo que me rodea, el cual cada día se envilece más, se enreda aún más en su estupidez y codicia, viviendo todos y cada uno nosotros sin que nos preguntemos el porqué de lo que ocurre en nuestro entorno, lo que podríamos manifestar, expresamente, con este refrán: «no preguntes por saber que el tiempo te lo dirá, que no hay cosa más hermosa que el saber sin preguntar».

Frente de mí, en el esqueleto de un edificio aún sin su revestimiento de muros y paredes, grupos de albañiles y operarios de todos los gremios entraban a trabajar. Lentamente, daba comienzo con las primeras luces del Alba una emanación de ruido y polvo. Ruido de hormigón y martillo, polvareda de tierra, cal y cemento. Hablándose en voz baja, unos oficiales de primera, después de tirar un zajarro, cuyo verbo zarrajear significa lanzar mezcla fuerte en un muro de ladrillos para que tenga más agarre el enfoscado, comenzaban a enlucir paredes con la llana. Algunos peones limpiaban las reglas que pandeaban ya por el panzón producido del demasiado mal uso que se les habían dado. Otros peoncetes ordinarios quitaban el colmo a una cuba de escombros situada a la entrada de la obra. Otros jornaleros manipulaban el picopato, herramienta propia de un fontanero pero útil para otros menesteres, mientras unos encofradores utilizaban el espeque, parte alta de un puntal usado para el desencofrado en momentos de necesidad. Otros peones recogían los medios ojos u ojitos para colocarlos en los extremos de unos montones de ladrillos alineados, situados junto al espacio donde estos mismos se convertirán poco después en muro, tabique o citara. Entretanto, otros alarifes que pisaban mal una chapa de andamio durante el acarreo de herramientas ejercían un contrapeso o gato. Otros braceros recogían lasquitas, tejoletes, retales de ladrillos y cascotes para tirarlos a la cuba,  limpiando así la obra. Los trabajadores ora movían sargentos de un lugar a otro sin darse cuenta que «desvestían un santo para vestir a otro», ora colocaban la carrucha para que el tiro empezara a funcionar. Unos oficiales ayudaban a unos fontaneros a colocar tubos de desagüe que iban puyeros de un recodo a otro de la obra con una pendiente casi perfecta. Otros limpiaban la espirigaña o pirigaña de la pared labrada. Otros hacían un calo (una abertura) en la pared a base de machota y cincel. Y así, un bullicio de obreros de la construcción faenaba al son del frío amanecer y ya no darían de mano hasta las seis de la tarde. En suma, la albañilería es un gremio con una jerga propia rica en neologismos, palabras compuestas e imaginadas, pero pobre en cuanto a estructura social se refiere.

“El albañil herido”, de Goya.

 

Aunque la sociedad en la que vivimos es mucho más peligrosa y menos natural que las sociedades de décadas pasadas, el mundo de los albañiles parece ser un eterno lugar inhóspito donde el empresario y el trabajador más que atenerse a un convenio oficial, acuerdan sus pactos tácitamente, furtivamente, como practicando la piratería. Tanto es así, que aunque el Convenio Colectivo de la Construcción de Sevilla ha sido actualizado este año, sigue siendo el mundo de los albañiles en la ciudad hispalense un trabajo desorganizado, agotador, esclavizante y forzado, debido en gran medida a que todas las personas que llegan a él no son trabajadores cualificados, sino individuos que apenas han aprendido el oficio a través de las enseñanzas de sus padres o familiares, o en el peor de los casos, son autodidactas. Esto afecta a la construcción de forma terrible, ya que, entre otras muchas causas que desglosaremos más adelante, la falta de formación profesional en este gremio produce una desestructuración de esta comunidad así como una falta de calidad y profesionalidad en el oficio. Sorprendentemente, nada más es necesario para trabajar en una obra el Carnet de la Construcción, el cual se obtiene mediante un corto y simple curso de Prevención de Riesgos Laborales. Así pues, muchos de los asalariados y asalariadas en este sector no tienen cualificación alguna, no tienen formación, con todo lo que conlleva esto. Podríamos decir que esta es una de las razones por lo que la pequeña y mediana empresa nunca paga a los trabajadores el salario pactado en convenio. Este tipo de empresas pequeñas nunca o casi nunca paga el IVA y nunca o casi nunca da de alta a los trabajadores en la Seguridad Social. El horario de trabajo de los albañiles es otro problema derivado por diferentes razones de la ausencia de formación. El horario a nivel nacional en el ámbito laboral de los albañiles es de 40 horas semanales durante todo el año, sin embargo, también interviene mucho la cultura del empresario en este hecho, puesto que las empresas eligen un horario consecutivo de 8 a 6 de lunes a jueves terminando el viernes a las 2, en invierno, con su correspondiente hora de comida, y en verano de 7 a 3 de lunes a viernes, robándoles, por consiguiente, 2 horas de más a cada trabajador, dado que este trabajo siempre es eventual. Y no son pocos los estudios que afirman en este momento que con el horario de 8 a 4 durante todo al año se rinde más que con el de 8 a 6.

Podemos pensar lo siguiente: Si hubiera una formación reglamentaria impartida en institutos de secundaria a través de ciclos de grados medios y superiores, este sector, de algún modo, se regularía mejor, puesto que el trabajador o la trabajadora tendría un título formativo por el cual se le reconocerían sus derechos y obligaciones como trabajador cualificado profesionalmente.

Las posibles causas que provocan el andamiaje laboral en el que se encuentra el gremio de los albañiles podrían ser, en primer lugar, la falta de ayudas económicas por parte del gobierno central o autonómico necesarias para la educación en el sector de esta comunidad de la construcción. En segundo lugar, la necesidad capital de una organización de la Inspección de Trabajo, la cual no ejerce una fuerza real, y la suponemos requisito indispensable para la formalización de este y todos los oficios. Por último, la formación del trabajador tanto en riesgos laborales así como su formación académica en centros específicos para ello, deben ser una máxima formalmente apoyada por todos los grupos de gobierno para una mejora de la sociedad en general.

Se debe insistir tanto en la formación del sector de la albañilería porque, según la página del Ministerio de Educación, los estudios para el aprendizaje de este oficio en nuestra Andalucía son muy precarios, por no decir insuficientes o inexistentes para la cantidad de demanda de trabajadores debidamente cualificados que ha habido en estos últimos años. La Formación Básica, presencial para menores de 17 años, está enfocada a niños, no adultos, que tienen dificultades de aprendizaje, y no son discapacitados. El curso de esta Formación Básica se titula ´TITULO PROFESIONAL BÁSICO EN REFORMA Y MANTENIMIENTO DE EDIFICIOS. Hay 15 puntos en Andalucía donde se imparten estos cursos y se reparten en todas las provincias de Andalucía, a excepción de Huelva y Granada. Por otra parte, los Grados No Presenciales son:

  1. CFGS proyecto de edificación
  2. CFGS proyecto obra civil

Se realizan a través de internet y exclusivamente se imparten en la Comunidad Valenciana y en la Comunidad Autónoma de Galicia, según la página del Ministerio de Educación y Deporte, a menos que esté desactualizada.

En cuanto a Grados Medios se refiere, poseemos en Andalucía los siguientes modelos:

Técnico de construcción, es decir, titulación acreditativa para ser albañil. (no se imparte en ningún centro de Andalucía)

Técnico de obra interior, decoración y rehabilitación (Especialistas en soldaduras y chapados). Solo existen tres centros los cuales tenemos que dividirlos en tres provincias: Almería, Granada y Málaga.

Para finalizar, los Grados Superiores son:

Técnico superior en organización y control de obra de construcción (no está implantado).

Técnico superior de proyectos de edificación (antiguo delineante), el cual poseemos en todas las provincias de Andalucía. En Sevilla hay cinco centros.

Técnico superior en proyectos de obra civil (antiguo topógrafo). Está en todas las provincias y en Sevilla solo hay 4 centros.

Ante dicha información debemos indignarnos. La poca cantidad de cursos profesionales de este sector nos hace preguntar: ¿Cómo es posible que uno de los pilares en que se ha basado la cimentación de la España de estas últimas dos décadas no ha sido regularizado con una formación profesional para trabajadores del sector de la construcción los cuales desde 2001 hasta 2008 han movido el eje de la economía de un país entero? ¿Cómo una administración y unos gobernantes no han tomado medidas para formar profesionales del sector de la construcción cuando estos han sido la base económica durante las últimas dos décadas? ¿Cómo un colectivo que mueve millones no está estructurado profesionalmente? ¿Cómo un gobierno permite esto? ¿Cómo, hoy día, con el descalabro económico del país todavía vigente, el gobierno no ha normalizado este grupo de profesionales de la construcción y no ha vigilado la textura empresarial dedicada a las reformas y edificaciones, que han permitido desafueros y atropellos laborales de derechos básicos a los trabajadores? ¿Cómo unos gobernantes y unos sindicatos han mirado hacia otro lado olvidando la seguridad y la formación de los trabajadores que han sido el motor de un país en su época de auge económico? ¿Cómo no se obliga a todos aquellos y aquellas que trabajen en una obra que estén cualificados mediante una formación gratuita, obligatoria y reglamentaria como sucede en muchas fábricas, en las cuales solo  se pueden acceder a ellas laboralmente mediante un título profesional? ¿Es que acaso para trabajar de enfermero, electricista, administrativo, mecánico, informático o profesor no hace falta una formación profesional o universitaria reglamentada que permita ejercer las funciones asociadas a dichos empleos? ¿Acaso no es importante la ejecución de la construcción de una vivienda o de una reforma con todos los requisitos que en ella se necesiten? ¿La albañilería es un oficio sin necesidad de formación profesional?

Ahora podemos entender la forma en que todavía las medianas y pequeñas empresas realizan la argamasa de los muros y paredes de la obra o reforma: a mano con una azada, escavillo o zoleta. Ahora entendemos el que se acarreen cubos de mezcla, a mano, a una tercera o cuarta planta, sin ascensor, sufriendo la espalda de los trabajadores, así como que trabajen estos hombres y mujeres sin herramientas adecuadas. Entendemos por qué se cargan espuertas a mano, por qué trabajan a contrarreloj todo el tiempo, casi como si dijéramos “por cuenta” a cambio del mismo sueldo, y en definitiva, ahora entendemos por qué se trabaja forzadamente como en los años de la dictadura de hace ya cuarenta años porque, obviamente, no hay mucha diferencia de este sector de la construcción con el que fue del llamado Régimen Anterior.

José Manuel García Llamas, técnico de desarrollo de aplicaciones informáticas y actualmente estudiante del segundo año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Jesús Rodríguez Domínguez es Graduado en Magisterio por la Universidad de Sevilla y también estudiante del segundo año del Grado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

 

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