Sociedad
Dos arahalenses viajan varias veces al año a Rumanía para construir infraestructuras de kilómetros de carreteras
Bienvenido Muñoz y Miguel Ángel Rodríguez tenían una empresa de construcción antes de la crisis, ahora trabajan para otra empresa de Madrid y van donde «está el pan» a pasar por las vivencias de un emigrante pero con trabajo
C.GONZÁLEZ. AION Arahal
Los arahalenses Miguel Ángel Rodríguez (37 años) y Bienvenido Muñoz (42 años) trabajan en el sector de la construcción para la empresa madrileña Estudios y Proyectos Procon S.L. Cada poco hacen las maletas para viajar a cualquier ciudad de España o de fuera. Los últimos meses han estado en tres ciudades diferentes de Rumanía donde han aprendido cómo las condiciones climatológicas definen la cultura de un pueblo y lo difícil que es superar barreras como las del idioma.
Ahora están de vacaciones en Arahal y esperan ir de nuevo en marzo. «Allí está todo paralizado, en invierno no funciona nada, ni colegios ni trabajo», explican. El frío extremo, con temperaturas de 20 grados bajo cero convierte el país en una serie de ciudades fantasmas.
Deva, Constanza y Oradea han sido tres de las ciudades en las que han construido cunetas o distintos tipos de infraestructura para carreteras, más de 400 kilómetros hay contratados. Los primeros meses fueron los peores. Según cuentan, entenderse con ellos a la hora de trabajar es complicado. Sobre todo cuando estás 12 horas en el tajo, de 7 a 7.
Los meses de trabajo han llevado a conocer las principales diferencias del día a día de Rumanía con respecto a España. «Allí te encuentras a niños de no más de 8 años trabajando, uno de los primeros día vi como salía de un bosque una niña de unos 14 años, sola, al cuidado de un rebaño, parece que había dormido en un coche abandonado».
Bienvenido y Miguel Ángel son emigrantes temporales y tienen claro desde el primer momento que hay que ir «donde esté el pan». Cuando están en Rumanía, viven en un piso alquilado y ellos mismos se preparan la comida. «Comer fuera es casi imposible, pagas por comer agua sucia, no hay dinero para carne y le echan un trocito a una olla grande de caldo con dos verduras», cuenta Bienvenido Muñoz. Para comer un poco mejor tenía que irse a ciudades más importantes, 20 euros por cabeza «un cacho de filete».
Crisis de la construcción
Los dos arahalenses fueron víctimas de la crisis de la construcción. Tenían una empresa, con todo lo necesario para construir este tipo de infraestructura. Cuentan con experiencia y formalidad. Por lo que la empresa madrileña los contrata para trabajos de este tipo por todo España y, desde hace poco, en el extranjero. En Rumanía amplian experiencia y aprenden cosas como que «para cuajar el hormigón en lugares tan fríos hay que echarle mucha más cantidad de cemento, de lo contrario el hielo lo parte».
Poco a poco se acostumbran, pero sufren los primeros meses los contratiempos del idioma y de las costumbres. Las viviendas, como todas las zonas del norte, están adaptadas para las temperaturas extremas y, como dato curioso dicen que todo el mundo tiene wifi a pesar de que el sueldo base es de 250 euros y la jubilación de 100 euros. «Allí ves a niños trabajando desde pequeños y a ancianos con más de 70 años también, llevando el ganado o montado en una máquina, no tienen para vivir con esos sueldos», señalan.
Y un de las cosas que más le llaman la atención de sus compañeros rumanos. «No comen desde por la mañana hasta que no llegan a su casa después de doce horas de trabajo, se mantienen con un cartucho de pipas». Sus dietas son deficitarias en proteínas de carne, «hacen un guiso con tres trozos de carne tan pequeños como un garbanzo y algunas verduras típicas de allí». Los bares casi no tienen gente, «se pueden llevar toda la tarde con un café, cuando pedíamos pizza la gente nos miraba». La pobreza del pueblo es significativa a cada paso que dan.
En marzo están seguro de que volverán. «La empresa quiere que enseñemos a los trabajadores de allí porque hay proyectado al menos 400 kilómetros de carretera», dicen.
Y volverán, Miguel Ángel apunta que es «hay que trabajar para poder seguir adelante», aunque ambos arahalenses ponen una excepción: México. De este lugar no quieren ni oír hablar, otros conocidos les han contado las calamidades y los peligros que suponen irse a este país centroamericano.
Por lo demás, cualquier ciudad de España les parece el paraíso. Bienvenido y Miguel Ángel seguirán haciendo las maletas y experimentando lo que es ser emigrante por algunos meses, volviendo con sus familias al barrio de la Fontana donde viven también por meses.
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