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Campo de concentración de Auschwitz, uno de los lugares más tristes de la tierra

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Campo de concentración de Auschwitz, uno de los lugares más tristes de la tierra


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FOTOS: Marco Antonio Álvarez

Cuando llegas de visita al campo de concentración de Auschwitz, te asalta la conciencia. ¿Cómo se puede llegar de turista a este infierno? Esa es la pregunta que se hace el visitante apenas se para a pensar. La sensación aumenta conforme va realizando el recorrido previsto por los guías de este museo del holocausto, prueba irrefutable de que el hombre es su principal enemigo. La tristeza y desolación está instalada en los caminos, paredes, suelos, porque, aunque las SS (fuerzas de combate del ejército en la Alemania nazi), en enero de 1945, intentaron eliminar todas las pruebas de lo que ocurrió en estos campos, para comprobar el rastro del horror que vivieron allí cientos de miles de seres, no hace falta ver las dos toneladas de pelo, los millares de zapatos, maletas, cajas, cacharros de cocina, peines, fotos, crematorio, sala de gas o alambrada. Sin duda, es uno de los lugares más triste de la tierra.

El campo de concentración de Auschwitz está al Este de la ciudad de Oswieçim (Polonia). Era, antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, un cuartel polaco que se transformó en prisión. El primer desembarco de prisioneros fue el 14 de junio de 1940, un total de 728 hombres, acusados de distintos delitos, el más habitual pertenecer a la resistencia. Entre ellos había médicos, profesores y sacerdotes a los que tenían que quitar de en medio. Polonia había sido ocupada por los nazis un año antes (1939-1945).

 

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En uno de los barracones están expuestas las fotos de una parte de los prisioneros, hay un español.

Primera prueba con gas ciclón

La primera prueba que se realiza con el gas ciclón fue precisamente con 600 de estos prisioneros polacos en 1941, a los que iban metiendo en una lúgubre habitación del sótano para acabar con ellos, hoy por medio de una mirilla se aprecia un espacio sin apenas luz cerrado al visitante. En este mismo barracón, se conservan tres cámaras de castigo, aquellas en las que pasaban días encerrados los prisioneros; en cubículos de un metro cuadrado metían hasta cuatro personas, sin apenas respiraderos, sin baño, sin comer.

Hay otras celdas de mayor tamaño, pero el resultado era casi el mismo. El visitante puede ver en una  un cirio con un rosario colgado, en memoria del cura polaco Maximiliano Kolbe al que asesinaron cuando se cambió por uno de sus compañeros al que habían elegido al azar para matarlo junto con otros nueve como escarmiento por una fuga que tuvo lugar en el campo.

Los campos de concentración de Austchwitz están en pleno corazón de Europa, por eso hasta allí llegaron desde lugares como Oslo o distintas ciudades griegas, Roma, Milán, Luxemburgo, París, Lyon, Praga, y de toda Alemania, entre otros lugares.

Calculan, y las cifras están grabadas en uno de los murales del museo, que allí murieron 1.300.000 personas (1.100.000 judíos) debido a las condiciones de vida del campo, las enfermedades causadas por la falta de alimentos e higiene o asesinadas, a veces, simplemente por intentar abrigarse. Con muchos de ellos realizaron experimentos que los hizo sufrir de una forma inimaginable; a las mujeres las esterilizaron para poder seguir violándolas. No hace falta entrar en más detalles del horror que se vivió en estos campos. 

“Eran fábricas de muertos”

El museo está cerca de la ciudad y fue donde empezó la barbarie y donde comenzaron a reunir las pruebas solo dos años después de su liberación, algunos de los supervivientes fueron los primeros guías del museo. Cuando liberaron el campo, el 27 de enero de 1945, encontraron siete toneladas de pelo, de las que conservan dos, dispuestos en sacos para su venta; pelo que ha sido analizado para detectar en ellos restos del gas ciclón (Zyklon), con el que mataron a miles de personas. 

Los prisioneros llegaban hasta allí en tren, después de pasar días hacinados, sin comer ni beber, casi sin respirar (algunos morían antes de llegar); en las familias se aferraban unos a otros, cargados con el equipaje porque les había asegurado que los llevaban para vivir en otro lugar. La mayoría de ellos llevaban maletas o cestas llenas de herramientas de trabajo, dinero, joyas y otras cosas de valor. Cuando llegaban al campo de concentración, recibían el primer golpe. Justo al bajar del tren, las fuerzas alemanas de las SS separaban a las familias. Los hombres y jóvenes fuertes y sanos tenían una oportunidad de sobrevivir porque podían trabajar; las mujeres, embarazadas, los niños pequeños y las personas discapacitadas iban directamente a las cámaras de gas y, de ahí, a los crematorios.

Los mantenían engañados hasta el final. Les explicaban que las cámaras de gas eran duchas para lavarse, disponía hasta de perchas para colgar la ropa y bancos para dejar sus efectos personales, todos numerados. Los militares les decían que recordaran su número para después recogerlos. Allí se desnudaban y entraban como corderos a la habitación donde morían gaseados. Hasta 2.000 personas cabían en cada horno, para trasladar los cuerpos una vez muertos, había ascensores. “Eran fábricas de muertos”, sentencia la guía.

 

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Uno de los crematorios, el que estaba más cerca de la casa donde el mando de las SS vivía con su familia.

Crematorios que funcionaban día y noche

Cuentan aquellos que sobrevivieron, que las mujeres con niños pequeños se ofrecían a pasar primero. Sus hijos, aferrados a ellas desde que abandonan su casa, llevaban días sin comer, en condiciones deplorables, debilitados de tanto llorar y sucios del viaje. Por eso, las madres querían “ducharse”  porque les habían asegurado que, después, podrían darles de comer. Estas estancias donde los prisioneros y prisioneras se desnudaban, estaban limpias y recién pintadas, el objetivo era que parecieran baños y que nada hiciera presagiar el horror que había detrás de una puerta contigua. 

Cuando la ocupación nazi llegó a su punto álgido, las salas de gas y crematorios del campo de los campos de concentración de Auschwitz funcionaban día y noche, y no daban a basto. El museo expone grandes fotos en blanco y negro realizadas por un vecino de la ciudad, donde se pueden ver las chimeneas de los crematorios y las mujeres saliendo desnudas en su dirección (la fotos borrosas y mal encuadradas por el miedo a ser descubierto). Llegó un momento en el que, eran tantos los prisioneros transportados, que a los muertos, una vez gaseados, los quemaban al aire libre, no sin antes quitarles las muelas de oro y cortarles el pelo. 

La guía, que explica a los visitantes las condiciones de vida de los que allí fueron a parar, asegura que los inviernos de la Segunda Guerra Mundial alcanzaron temperaturas de menos 20 grados, fueron los más fríos del siglo XX. “Apenas les daban un cubo de carbón en el día, no podían lavar la ropa ni ducharse por lo que estaban infectados de piojos, el tifus se llevó a muchos de ellos”, explica. Para la mayoría, su estancia no superaba los dos o tres meses, morían antes debido a las enfermedades por la falta de higiene y alimentos. Su menú diario era un café por la mañana (más bien agua coloreada), un plato de sopa de verduras podridas y un trozo pequeño de pan a última hora con algo de mantequilla, cuando era posible.

Lucha por la supervivencia

Estar en el campo de concentración se convirtió en una lucha por la supervivencia, contra la falta de alimentos, contra los funcionarios que los vigilaban (los capas), contra sus propios compañeros, contra las SS. Contrariamente a lo que reza la leyenda que preside la puerta: “El trabajo libera”. Para la guía este lema es “mentira” porque el 80 por ciento de los que traspasaron las puertas para entrar como prisioneros, sin saberlo, llevaban el destino marcado por una muerte segura. 

Los judíos comenzaron a llegar a Auschwitz en 1942 desde distintos puntos de la Europa ocupada por los nazis. De hecho, fue uno de los campos que más prisioneros recibió porque estaba situado en el centro del continente. Además del 1.100.000 de judíos, pasaron por los campos de concentración no judíos (140/150.000), gitanos (23.000), 15.000 de distintas nacionalidades, entre las que se encontraba la española, se calcula que unos 2.500 republicanos fueron deportados y conducidos a este lugar.. 

En el campo se conserva una urna dorada donde están depositadas las cenizas encontradas en los hornos poco después de la liberación. Los alemanes se ocuparon de documentarlo, apuntando en documentos el nombre del preso, la profesión y el lugar de procedencia. Una vez llegaban al campo, todos eran marcados con un número en su antebrazo que tenían que aprender en alemán; y en la ropa le cosían un triángulo, cuyo color dependía de las razones de su encarcelamiento. Colores y números que definían su lugar en la jerarquía del campo donde crearon un mundo paralelo con todo organizado. De todas las nacionalidades, la menos reconocida era la judía, la ropa de estos presos tenía la estrella de David, eran los peor tratados.

 

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Uno de los barracones donde dormían los prisioneros.

Auschwitz dos (Birkenau): 140 hectáreas y 300 barracones

En el primer campo, el más cercano a la ciudad de Oswieçim, hubo hasta 13.000 prisioneros, pero no fue suficiente para todos los que seguían llegando en tren. Los alemanes entonces idearon crear más campos en su entorno, el mayor, situado en las afueras de la ciudad, es el denominado Auschwitz-Birkenau, conocido popularmente como Auschwitz dos. Las viviendas de los lugareños que había cerca fueron poco a poco abandonadas, el miedo pudo más que la necesidad.  

Para llegar a este lugar, hay que ir en autobús. Al bajarte, 140 hectáreas de terreno se extiende en una llanura en la que los mismos presos construyeron 300 barracones, esperando a los 90.000 prisioneros que finalmente pasarían por ellos.

En este campo, las vías del tren se prolongaron para entrar directamente a las instalaciones y descargar a los presos dentro, la mayoría una vez separados de sus familias, los gaseaban directamente. Fue este año cuando empezaron a llegar trenes cargados de judíos todos los días. En el lugar donde había cuatro grandes hornos, ahora hay un enorme monumento dedicado a la memoria de los miles de muertos y unas placas recuerdan el horror con mensajes escritos en el idioma de cada una de las nacionalidades de procedencia de los asesinados.

La muerte a 611 pasos 

Cuentan que, cuando los prisioneros bajaban del tren, eran conducidos por un camino rodeado de alambradas, hombres a un lado y mujeres a otro. Los presos que ya estaban en el campo se acercaban buscando la posibilidad de reconocer a algún miembro de su familia o conocido, todo bajo un silencio aterrador. Los veían andar camino de los cuatro grandes crematorios al final del trayecto sabiendo cuál era su destino. 611 pasos lo separaban de la muerte y ellos eran los únicos que no lo sabían.

Los campos de concentración de Auschwitz estuvieron primero bajo la supervisión de Heinrich Himmler y dirigido por el oficial de las SS Obersturmbannführer Rudolf Höss hasta el verano de 1943. Después fue reemplazado por Arthur Liebehenschel y Richard Baer. Höss fue capturado por los aliados y declaró en los juicios de Núremberg antes de ser procesado y condenado a muerte por ahorcamiento en 1947 delante de uno de los crematorios de Auschwitz. 

Liebehenschel fue también juzgado por un tribunal polaco y ejecutado en 1948. Baer logró evadirse y vivir bajo una identidad falsa en Hamburgo, hasta que fue reconocido y arrestado. Se suicidó en la prisión poco antes de iniciarse su proceso en 1963. No obstante, de los 9.000 SS que participaron en el exterminio, se calcula que sólo el 10 por ciento fue juzgado por participar en estos crímenes contra la humanidad.

Mientras estuvieron en el campo de concentración polaco, todos los mandos militares alemanes vivieron con sus familias en una casa separada por una valla de una de las salas de gas y crematorio. Desde la ventana del primer piso, se podía ver la chimenea y seguro que les llegaba el olor a muerte. Es en el que el visitante entra, en fila, en silencio, embargado por la emoción. Imposible imaginar tanto dolor y tanto sufrimiento. 

 

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Miles de maletas y bolsos de los prisioneros de Austchwitz.

 

Periodista. Directora y editora de aionsur.com desde 2012. Corresponsal Campiña y Sierra Sur de ABC y responsable de textos de pitagorasfotos.com

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